Y entonces lo vi. Un solo comentario, apenas unas líneas, que me golpearon con más fuerza que cualquier otra cosa.

“Me duele. No porque me juzgues, sino porque miras con mis ojos a través de los ojos de gente ajena. Mi cuerpo es mi historia. Y no voy a esconderla.”

No borré la foto.

Al contrario. Publiqué otra más. Reímos. Somos reales. Sin poses. Sin disculpas.

Ese día comprendí que la lección más importante a veces no tenemos que dársela al mundo ni a los demás. Sino a nosotras mismas. Para no volver a quedarnos paralizadas bajo el peso de palabras ajenas. Para dejar de escondernos. Porque nuestro cuerpo no es una vergüenza. Es la prueba de que hemos vivido.