Y entonces lo vi. Un solo comentario, apenas unas líneas, que me golpearon con más fuerza que cualquier otra cosa.

“Esto no va de ti”, dijo en voz baja. “Es su miedo.”

Pero dolía que esas palabras vinieran precisamente de ella. Del hijo que creció en mi cuerpo. Y que de pronto me decía que ese cuerpo era un problema. Que mi amor era inapropiado. Que debería desaparecer.

Esa noche no dormí. Pensé en cuántas veces me había dicho a mí misma: “No te pongas eso.” “No te rías tan fuerte.” “Ya no eres joven.” Y comprendí que quizá había transmitido ese miedo sin darme cuenta.

Por la mañana abrí de nuevo los comentarios. Bajo aquel único comentario habían aparecido decenas más.

“Gracias por mostrar que la vida no termina.”
“Tengo 57 años y por primera vez me compré un bañador sin pareo.”
“Le enseñaré esta foto a mi mamá.”

Y entonces lo entendí. Aquella fotografía no era una provocación. Era un espejo. Y no todo el mundo está preparado para mirarse en él.

Le respondí a mi hija con calma. Con sinceridad.