Y entonces lo vi. Un solo comentario, apenas unas líneas, que me golpearon con más fuerza que cualquier otra cosa.

“Mamá, ¿te das cuenta de cómo se ve? A tu edad, publicar fotos así es vergonzoso. A papá quizá no le moleste, pero a los demás les resulta incómodo.”

Lo leí una y otra vez. La pantalla del teléfono se volvió de repente pesada, como si no sostuviera una fotografía, sino una sentencia. El mar seguía susurrando, el sol brillaba, la gente alrededor se reía… y aun así tuve la sensación de que el mundo se había detenido por un instante. Como si estuviera encerrada bajo un cristal, separada de todo lo vivo.

Vergonzoso.
Incómodo.
A tu edad.

Esas palabras dolían no porque fueran verdad, sino porque hablaban con la voz del miedo. Esa voz anónima de “los demás” que a las mujeres se les enseña a escuchar toda la vida. La voz que dice: escóndete. Bájate el volumen. Deja de ser visible.

Por primera vez en muchos años sentí vergüenza. No de mi cuerpo, sino de haber empezado a disculparme por él ante mí misma.