Una mujer con un vestido verde esmeralda, Fernanda, lo vio detenerse junto a la línea del cabello. Lo observó en silencio durante unos segundos, sorprendida por cómo le temblaban las manos, no de frío, sino de emoción contenida. “¿Te gusta?”, preguntó en voz baja, casi con miedo de interrumpir ese momento íntimo. El anciano asintió lentamente, sin decir palabra.
Intentó sonreír, pero un nudo invisible le cerraba la garganta. Respiró hondo, como si necesitara llenarse los pulmones con el olor a metal caliente. Había algo más que admiración en su mirada, el brillo oculto de quien reconoce lo que otros solo observan. Julián, mientras tanto, había notado la escena.
Se acercó con paso calculado, disfrutando del efecto que causaba. Su sombra cayó sobre el anciano como un eclipse repentino. La sala quedó en silencio por unos segundos, y la música electrónica se apagó en ese mismo instante, como si el universo estuviera preparando el terreno para el primer golpe. El motor dejó de rugir, y antes de que las luces pudieran cambiar de color, una risa seca de Julián atravesó el aire, abriendo un pasillo de miradas expectantes.
El hilo invisible que sostenía al anciano estaba a punto de romperse. El eco de la risa de Julián se extendió como un látigo por el silencio. Los invitados volvieron la cabeza hacia él, dispuestos a aplaudir cualquier palabra que saliera de su boca. En estas reuniones, nadie quería ser su enemigo. Todos preferían reír aunque no entendieran el chiste.
—¡Mira! —exclamó, señalando al anciano con el índice como si fuera parte de un espectáculo—. Ni siquiera tienes para comer, anciano. ¿Qué haces mirando mi Ferrari como si fuera tuyo? Las risas estallaron por todos lados. Algunas sinceras, otras incómodas, pero todas resonaron como un muro contra el hombre del abrigo desgastado.
Fernanda bajó la mirada, avergonzada por la crueldad disfrazada de humor. El guardia intentó apartar al anciano, pero este no se movió. Se mantuvo firme, con la mirada fija en el coche, como si esas palabras rebotaran en un muro invisible construido con recuerdos más fuertes que cualquier humillación. El anciano tragó saliva. Le temblaba la mandíbula, pero no de miedo.
Era una rabia contenida, un fuego ancestral que prefería no mostrar. Sin embargo, sus manos delataban un ligero temblor, como si cada risa fuera un golpe directo a su estómago vacío. «Déjalo en paz, Camilo», ordenó Julián al guardia, alzando la mano como un magnánimo emperador. «Vamos a divertirnos». La multitud se reunió en semicírculo, con las copas de vino y los celulares en alto.
El aire olía a perfume caro mezclado con la tensión de un espectáculo improvisado. Julián se acercó al Ferrari y, con voz teatral, soltó su última pulla. “¿Sabes qué, hombre? Te voy a hacer una oferta imposible”. Se giró hacia su público, disfrutando de la emoción. “Si pueden arrancar mi Ferrari con las manos, se lo doy”. La carcajada fue inmediata.
Algunos incluso aplaudieron el chiste. El comentario absurdo parecía la broma perfecta para una noche de ostentación. “¡Vamos, Julián!”, gritó un hombre con una copa en la mano. “Ese pobre no sabe ni lo que es un motor moderno, ni siquiera sabe arrancar una bicicleta”, añadió otro, provocando más risas. El anciano alzó la vista hacia Julián por primera vez. Su mirada no era de súplica ni de miedo.
Era un borde silencioso, un reflejo de dignidad sepultada bajo años de abandono. El millonario no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado interpretando el papel de bufón cruel ante un público complaciente. Fernanda miró el rostro del anciano y algo en ella se estremeció. Había visto miradas de derrota muchas veces, pero esta no era la misma.
Había una calma peligrosa, la clase de calma que acompaña a quien conoce secretos que otros desconocen. “¿Qué dices, anciano?”, insistió Julián, acercándole las llaves como si fueran otra provocación. “¿Aceptas mi reto?”. La sala contuvo la respiración. Nadie esperaba que el hombre respondiera. Era demasiado absurdo imaginarlo siquiera acercándose a la máquina que todos veneraban como objeto sagrado. El anciano parpadeó lentamente.
Entonces, con voz ronca pero clara, pronunció lo que nadie imaginó que oiría. Acepto que el murmullo colectivo se convirtió en un mar de incredulidad. Todos abrieron los ojos de par en par, e incluso la risa se congeló en el aire. La calma del anciano había atravesado la frivolidad como un cuchillo invisible. Julián, por primera vez esa noche, perdió la sonrisa.
El murmullo no se apagó del todo. Los invitados, copas de vino en mano, con el resplandor de las lámparas reflejándose en sus joyas, seguían mirando con incredulidad al anciano que había roto el ambiente de la velada. Don Ernesto Salgado, con su abrigo raído y su barba descuidada, había dicho dos palabras que no parecían encajar en aquel lujoso ambiente.
Acepto. El eco de esa respuesta dejó a la sala en suspenso, y la música electrónica que volvió a sonar logró disimular la electricidad en el aire. Todos se miraron como buscando una explicación. ¿Se habría atrevido el anciano a tomarse en serio la broma de Julián Arce? El millonario, aún con su sonrisa afilada, se ajustó la corbata y fingió indiferencia. No podía mostrar ninguna duda frente a su público.
Caminó lentamente hacia el coche, disfrutando de ser el centro de atención, y extendió las llaves con un gesto teatral. Adelante, Don Nadie. Si tanto lo quieres, arráncalo. Sorpréndenos. Las risas se multiplicaron. Algunos grababan con sus teléfonos, convencidos de que esto se convertiría en un video viral de un indigente haciendo el ridículo.
Otros bebieron a sorbos rápidos, como si no quisieran perderse nada. El guardia Camilo se removió incómodo, pero Julián lo detuvo con un gesto arrogante. Quería un espectáculo. Don Ernesto avanzó hacia la plataforma. Sus pasos resonaban en el mármol, lentos y pesados, contrastando con los brillantes zapatos y tacones de los demás.
No parecía tener prisa, y esa extraña calma empezó a inquietar a más de uno. “¿Qué crees que va a hacer?”, preguntó una mujer en voz baja. “Ni siquiera sabrá dónde está el botón”, respondió un hombre riendo. Pero Fernanda Villalobos no reía. Había algo en la expresión del anciano que le era imposible ignorar.
