Viejo hambriento, te doy mi Ferrari si lo arrancas. Viejo hambriento. Julián Arce gritó entre carcajadas, señalando a todos con sorna. Te doy mi Ferrari si lo arrancas. Jajaja. La sala estalló en carcajadas. Hombres de traje y mujeres de noche lo miraban con desdén, celebrando la humillación como si fuera un espectáculo.
Bajo las lámparas de cristal, la brillante luz roja del coche reflejaba la arrogancia del millonario. A un lado, Don Ernesto Salgado permanecía inmóvil. Su rostro arrugado, su chaqueta desgastada y su mirada baja revelaban fatiga y dolor, pero también una dignidad silenciosa que nadie allí reconocía.
Mientras todos se divertían a su costa, él se aferró a la chaqueta contra el hombro como si se aferrara al último vestigio de orgullo que le quedaba. Ese momento marcó el comienzo de una confrontación que nadie en aquella gala olvidaría.
Esa noche, brilló como un escenario construido para los dioses. En el centro Citibanamex, luces blancas y doradas caían sobre un auto que parecía respirar. El Ferrari rojo descansaba sobre una plataforma de acrílico rodeada de cuerdas de terciopelo. No era un auto, era un altar. Cada destello de luz sobre la carrocería era hipnótico.
Cada reflejo del cristal hacía que los invitados alzaran sus copas, como si celebraran una victoria personal. El rugido inicial del motor aún vibraba en el pecho de todos. Ese profundo sonido metálico había atravesado el aire como un trueno controlado. Olía a gasolina refinada, a cuero nuevo recién horneado, a triunfo.

Era un perfume que los presentes asociaban con el poder. Y en el centro de esa orquesta de vanidad estaba Julián Arce, con su traje negro a medida, corbata de seda italiana y el brillo insolente de un reloj suizo que capturaba la luz como un pequeño sol. Caminaba entre los invitados con esa sonrisa que mezcla confianza y desprecio. La expresión de alguien que nunca había oído un «no».
“Escuchen”, dijo, acariciando el volante con las yemas de los dedos. Aceleró ligeramente y el rugido regresó. Profundo, perfecto. El eco rebotó en las paredes de la sala como un latido amplificado. Hubo aplausos, silbidos, risas emocionadas. Julián inclinó la cabeza, disfrutando de ser el centro de gravedad de la velada, pero al borde del lujoso círculo, apareció un contraste como una mancha en el mármol pulido.
Un hombre anciano y encorvado llevaba un abrigo desgastado que había perdido el color y la forma. Sus zapatos parecían haber sobrevivido a demasiadas lluvias. Su barba crecía desordenadamente, mezclando canas y polvo. El guardia de seguridad lo vio de inmediato y levantó la mano con severidad. «Señor, por favor, mantenga la distancia». El anciano no protestó.
Se limitó a levantar las palmas en señal de paz, con un respeto que dolía más que cualquier súplica. Sin embargo, sus ojos no se apartaron del coche. Contempló el Ferrari con una ternura que ningún millonario en aquella sala comprendía. No era codicia, ni deseo de poseerlo; era recuerdo, como quien mira el retrato de un niño perdido.
