Vicente Fernández Descubrió a una Anciana Robando en su Rancho: Lo que Hizo Después Conmovió a Todo México

Vivía en un jacal de madera y lámina a tres kilómetros del rancho. Había criado a su hija sola después de que su esposo muriera en un accidente de trabajo. Su hija había tenido tres hijos con un hombre violento que ahora estaba preso por robo.

Hace seis meses, la hija de Esther desapareció.

—Se fue una noche —dijo Esther con la voz quebrada—. Dejó una nota. Decía que no podía más. Que se iba al norte. Y nunca volvió.

Los niños se quedaron con ella. Esther trabajaba lavando ropa ajena, pero apenas ganaba para medio comer. Los vecinos a veces ayudaban, pero ellos también eran pobres.

—Los niños tienen 4, 6 y 8 años —continuó—. El más chiquito llora todas las noches. Pregunta por su mamá. Los otros dos… ya no preguntan nada. Solo miran.

Vicente apretó los puños bajo la mesa.

—Yo intenté pedir ayuda —siguió Esther—. Fui al gobierno municipal. Me dijeron que llenara papeles. Los llené. Nunca me llamaron. Fui a la iglesia. El padre me dio una despensa. Duró tres días.

Hizo una pausa.

—Hace una semana, el más grande, Carlitos, se desmayó en la escuela. La maestra me dijo que era por desnutrición. Que lo tenía que alimentar mejor. —Esther soltó una risa amarga—. Como si no supiera.

Fue entonces cuando empezó a venir al rancho.

—Al principio solo tomaba una o dos mazorcas —confesó—. Las cocía y las repartía entre los tres. Comían y dormían tranquilos. Entonces decidí volver. Pero cada vez venía más seguido. Y esta mañana… —su voz se quebró—. Esta mañana me vio usted.

El silencio llenó el comedor.