Vicente lo miró fijamente.
—Sí. Llama a la cocina. Que preparen desayuno para todos. Mucho. Y rápido.
Don Memo parpadeó confundido.
—¿Desayuno, patrón?
—Lo que oíste. Y tú —señaló a otro trabajador—, trae la camioneta.
La Decisión Que Nadie Esperaba
La señora no entendía qué estaba pasando.
Vicente la tomó del brazo con delicadeza y empezó a caminar con ella hacia la casa principal del rancho. Ella se resistía.
—Don Vicente, yo… yo no puedo… —tartamudeaba—. Yo solo vine a…
—Ya sé por qué vino —la interrumpió Vicente—. Ahora va a venir conmigo.
El tono no era duro. Era protector.
Cuando llegaron a la casa, la esposa de Vicente, Doña Cuquita, salió al porche secándose las manos en el delantal. Al ver a la anciana, su rostro cambió de inmediato.
—Ay, Dios mío… —susurró.
—Cuquita, prepara el comedor. Esta señora va a desayunar con nosotros.
La señora empezó a llorar de nuevo.
—No, no, yo no merezco…
—Aquí todos merecemos comer —dijo Vicente con firmeza—. Siéntese.
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En 15 minutos, la mesa estaba llena. Frijoles refritos. Huevos rancheros. Tortillas recién hechas. Café de olla. Fruta fresca. Pan dulce.
La señora miraba la comida como si fuera un sueño.
—Coma tranquila —le dijo Doña Cuquita, sentándose junto a ella—. Aquí nadie la va a juzgar.
La anciana tomó una tortilla con manos temblorosas. Le dio un mordisco. Y rompió en llanto.
No era llanto de tristeza.
Era de alivio.
Vicente comió en silencio, observándola. Cuando ella terminó su primer plato, él mismo le sirvió más.
—¿Cómo se llama, señora? —le preguntó.
—Esther —respondió ella entre lágrimas—. Me llamo Esther.
—Doña Esther —repitió Vicente—. Ahora cuénteme. ¿Dónde están esos nietos suyos?
La Historia Que Rompió el Corazón del Rey
Esther comenzó a hablar.
