—Perdóname, mamá —repitió—. Perdóname.
Lucía no pudo sostener la mirada. Días después, regresó sola a Monterrey.
La fundación ofreció a Doña Carmen una casa pequeña, digna, cerca de una iglesia. Atención médica. Compañía. Ella aceptó, con la condición de que una parte del dinero se destinara a becas para hijos de campesinos. “Que nadie tenga que vender su tierra sin saber si volverá”, dijo.
Roberto renunció a su trabajo y volvió al pueblo. Aprendió a escuchar. A servir. A estar. No fue fácil. La culpa no se borra con palabras. Se borra con años.
Cada tarde, Doña Carmen se sienta en el patio, con una taza de café caliente. A veces mira el cielo y piensa en el puente, en las noches frías, en la gente que la ayudó sin preguntar quién era. Sonríe con una paz nueva.
Porque hay madres que pierden casa, tierra y nombre…
pero jamás pierden su dignidad.
Y hay historias que, aunque nacen bajo un puente,
terminan levantando a todo un país.
