Cuando pronunciaron el nombre de Doña Carmen Salgado, el murmullo recorrió la sala. Ella subió despacio al escenario, apoyándose en un bastón sencillo. Llevaba un vestido azul prestado y el mismo rebozo de siempre.
El maestro de ceremonias contó su historia. La venta del terreno. Los años de trabajo. El hijo que estudió gracias a ella. El abandono. El puente.
Roberto sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Lucía palideció. La cámara enfocó sus rostros. El auditorio guardó un silencio espeso, doloroso.
—Esta mujer —continuó el presentador— es el ejemplo vivo de lo que significa darlo todo sin pedir aplausos.
Cuando Doña Carmen tomó el micrófono, no acusó a nadie.
—Perdonar —dijo— también es una forma de vivir. Yo perdoné para no odiar. Y eso me salvó.
El público se puso de pie. El aplauso fue largo, sincero, de esos que duelen en el pecho.
Roberto corrió al escenario. Lloró como niño. Se arrodilló.
