Carlos lo saludó con una sonrisa sincera. Mateo, en perfecto estado de salud, ya estaba corriendo.
"Has cambiado este barrio", dijo.
Laura meneó la cabeza.
— No. Él es quien me cambió.
Esa noche, sentada en la misma mesa destartalada —luego reemplazada por una más sólida, pero mantenida al margen— Laura finalmente entendió lo que ningún éxito financiero le había enseñado jamás:
La verdadera riqueza no era lo que uno poseía, sino lo que uno finalmente veía cuando dejaba de mirar hacia abajo.
Y por primera vez en su vida, sintió que realmente pertenecía.
