Después de lo que pareció una eternidad, salió un médico.
—Está estable. Tiene deshidratación e infección respiratoria, pero se recuperará.
Carlos rompió a llorar. Sollozos crudos e incontrolables, de un hombre que no se había guardado nada durante tanto tiempo.
Laura, torpemente, le puso una mano en el hombro. Ese simple gesto le pareció extrañamente poderoso.
Esa noche, Laura no regresó a casa. Se quedó en la sala de espera, sentada en una silla de plástico, viendo pasar a las familias. Madres exhaustas, padres silenciosos, niños enfermos. Un mundo invisible desde lo alto de sus torres de cristal.
Comprendió, con dolorosa claridad, que había estado viviendo en una burbuja.
En los días siguientes tomó decisiones que asombraron a quienes la rodeaban.
Carlos no fue despedido. Fue ascendido.
No porque fuera mejor limpiador que los demás, sino porque le confió la gestión de un nuevo programa interno: un servicio de apoyo para los empleados más vulnerables. Cuidado infantil en la empresa. Horario flexible. Fondo médico de emergencia.
"¿Por qué yo?" preguntó Carlos, todavía incrédulo, durante la entrevista.
Laura lo miró directamente a los ojos.
—Porque sabes lo que cuesta sobrevivir.
Pagó la atención médica de Mateo. Renovó la casa en el barrio de San Miguel. No como un regalo ostentoso, sino como una inversión discreta. Creó una fundación, pequeña al principio, luego enorme.
Los medios de comunicación hablaron de un cambio estratégico. Los accionistas hablaron de riesgo. Laura, por su parte, habló de responsabilidad.
Un año después, Laura regresó a la calle Los Naranjos 847. Esta vez, sin chofer. Sin un sastre caro.
La casa azul estaba recién pintada. Crecían flores en la entrada. Se oía el eco de las risas de los niños.
