—El bebé nació prematuro. Tiene dificultades respiratorias. El hospital público está abarrotado… a veces paso la noche entera allí. Y cuando no es él, es Sofía. Tiene asma. No tengo a nadie que me ayude.
Se instaló un pesado silencio.
Laura sintió que algo se quebraba en su interior. Ella, que creía que la vida era una serie de decisiones racionales y esfuerzos bien enfocados, se encontró ante una realidad que ninguna junta directiva podría haber resuelto.
"¿Por qué no pediste ayuda?" murmuró.
Carlos soltó una risa sin alegría.
—¿A quién, señora? ¿A mi jefe millonario que apenas me ve? ¿A los bancos? ¿Al Estado? Yo limpio oficinas, no limpio mis problemas con palabras.
La frase la golpeó más fuerte que un insulto.
En ese momento, la bebé empezó a toser con fuerza. Carlos palideció, colocó a Laura en el sofá sin darse cuenta e intentó calmarla. Su respiración se volvió sibilante e irregular.
"Tenemos que llevarlo al hospital", dijo Laura inmediatamente.
—Estuve allí ayer. Me dijeron que volviera si empeoraba. Pero el autobús tarda una hora…
Laura ya se había puesto de pie.
—Consíguete una chaqueta. Ahora.
—¿Señora?
—El coche está afuera.
Llegaron al hospital en quince minutos. Laura no recordaba haber conducido tan rápido en su vida. Dentro, usó su nombre, sus contactos, su voz segura. Las puertas se abrieron. Llegaron los médicos. Atendieron al bebé.
Carlos se desplomó en una silla, temblando.
Laura permaneció de pie junto a él, incómoda, inútil.
"¿Cómo se llama?" preguntó ella.
—Mateo.
