Une femme millionnaire est soudainement arrivée chez son employé sans préavis… et cette découverte a complètement changé sa vie.

…mientras otro niño se aferraba a su pierna, con los ojos rojos y asustados.

Carlos se quedó paralizado al reconocer a la mujer que tenía delante. Su rostro palideció.

—Señora… ¿Laura? —balbuceó.

Por una fracción de segundo, no supo qué hacer. Todo lo que había preparado —las frías reprimendas, la amenaza de despido, la lección de disciplina— se desvaneció. Ante ella no había un empleado negligente, sino un hombre exhausto, al borde del colapso.

Detrás de él, la casa parecía aún más pequeña de lo que había imaginado. Solo se veía una habitación; las paredes estaban agrietadas, el sofá estaba desgastado y había juguetes rotos esparcidos por el suelo. El olor a sopa barata flotaba en el aire.

—¿Puedo entrar? —preguntó Laura con una voz que no reconoció.

Carlos dudó y luego se hizo a un lado lentamente.
—Por supuesto, señora.

Dentro, el caos era silencioso pero denso. Una niña de unos siete años estaba sentada en una mesa inestable, intentando ayudar a un niño más pequeño con su tarea. Un bebé lloraba suavemente en los brazos de Carlos, demasiado cansado para llorar de verdad.

Laura permaneció de pie. Su mirada se detuvo en cada detalle como una serie de bofetadas. Nada allí correspondía a sus certezas.

"¿Dónde está la madre?" preguntó finalmente.

Carlos bajó la mirada.

—Murió, señora. Hace seis meses.

La palabra resonó por la habitación como un trueno.

"¿Muerto?" repitió Laura incrédula.

—Un cáncer que progresa rápidamente. Tres meses entre el diagnóstico y… el final.

Sostuvo al bebé un poco más cerca de él, como si quisiera aferrarse a algo vivo.

—¿Y tus ausencias? —continuó Laura, más suavemente.

Carlos respiró profundamente.