“Clara, lamento lo que te pedí. Esa noche estuvo mal. Estaba solo, roto, y me aproveché de tu dolor. No podía vivir con eso. El dinero para tu madre no fue un pago, fue mi disculpa.
Te he dejado un puesto en mi fundación. Supervisarás un proyecto que ayuda a mujeres solteras en crisis. Ganarás lo que mereces, con dignidad. No me debes nada. —Ethan Moore”.
Adjunta había una carta de oferta de trabajo con un salario generoso y un apartamento cerca de la oficina de la fundación. Clara lloró durante horas. No podía entender por qué un hombre capaz de tanta crueldad se había convertido de repente en alguien compasivo.
Cuando se unió a la fundación, descubrió que Ethan la había fundado años antes en memoria de su difunta esposa, quien murió porque su familia no podía pagar la atención médica. El proyecto que ahora gestionaba era su forma de enmendarse, ante el mundo, y quizás, ante ella.
Pasaron los meses, y Clara se convirtió en una de las directoras más respetadas de la Fundación Moore. Ayudó a docenas de mujeres a escapar de la pobreza y de relaciones abusivas, ofreciéndoles la segunda oportunidad por la que ella una vez rezó.
Pero Ethan nunca regresó. Se extendieron rumores: algunos decían que se había mudado al extranjero, otros que estaba enfermo. Clara intentó contactarlo de nuevo, enviando cartas a todas las direcciones que pudo encontrar, pero nunca llegó respuesta.
Una tarde nevada de diciembre, mientras se preparaba para la gala benéfica anual de la fundación, el coordinador del evento le entregó un pequeño sobre sellado marcado como “Privado”. Dentro había una breve nota y una foto doblada.
“Clara, Si estás leyendo esto, ya me he ido. Gracias por perdonarme sin saberlo. Le diste sentido a mis últimos años. Nunca dejé de admirar tu valentía. Sigue ayudando a los demás, así es como me recordarás. —Ethan”.
Junto a la carta había una foto de ella y su madre de pie frente al hospital, tomada en secreto la mañana después de la cirugía. Al fondo, apenas visible, estaba Ethan, sonriendo desde lejos.
Clara apretó la carta y susurró: “Cambiaste mi vida, Ethan… y yo seguiré cambiando la de otros”.
Esa noche, subió al escenario y contó su historia; no de vergüenza, sino de redención. El público guardó silencio, y luego se levantó en aplausos.
Si esta historia te conmovió el corazón, compártela con alguien que crea en las segundas oportunidades. ¿Qué habrías hecho tú en el lugar de Clara?
