una anciana volvió a sentirse madre,
un hijo volvió a casa,
y un hombre poderoso recordó que la verdadera riqueza
no se guarda en cuentas bancarias,
sino en los gestos que nadie ve.
Doña Carmen vivió muchos años más.
No con abundancia,
sino con paz.
Y cada vez que partía un bolillo en dos,
el mundo, sin saberlo,
se volvía un poco más humano.
