…siempre regresa multiplicado.
Al día siguiente, Doña Carmen despertó con la luz entrando tímida por la ventana. Todo seguía igual: la pared descascarada, la mesa coja, la estufa vieja. Pero algo dentro de ella había cambiado. Ya no pesaba el silencio. Ya no dolía tanto la ausencia.
Por la mañana llegó su hijo.
Tocó la puerta con la misma mano temblorosa que ella recordaba de niño. Cuando Doña Carmen lo vio, no hubo reproches ni preguntas. Solo abrió los brazos. Él se derrumbó en su pecho como si los años no hubieran pasado.
—Perdón, mamá —susurró—. Tardé demasiado en entender.
Ella le acarició el cabello, canoso ya.
—Lo importante es que volviste.
Los días siguientes fueron sencillos y nuevos a la vez. El hombre de las camionetas cumplió su palabra: arreglaron el cuartito, sin lujos, pero con dignidad. Una cama firme, paredes pintadas de blanco, una estufa que ya no olía a miedo. Doña Carmen siguió levantándose temprano, pero ahora para preparar café de verdad, del que perfuma toda la casa.
Nunca dejó de vender pan.
No por necesidad, sino por costumbre y por amor. A veces regalaba un bolillo a quien lo necesitaba más. Cuando le preguntaban por qué, sonreía y decía:
—Porque uno nunca sabe cuándo ese pan es lo único que sostiene a alguien.
El hombre rico volvió algunas veces, ya no en traje, sino en ropa sencilla. Se sentaba a escucharla, como si cada palabra suya valiera oro. Aprendió que ninguna empresa es tan grande como un acto de bondad sincera.
Y así, en una calle olvidada de Iztapalapa, ocurrió algo que no salió en las noticias:
