—Claro. Todavía me quedan.
Era mentira.
Ese era su último pan.
Esa noche, ella cenó solo café y silencio.
—Gracias… no sabe lo que esto significa —dijo él, con los ojos brillosos.
—Sí lo sé —respondió ella—. Por eso se lo doy.
No volvieron a verse.
O eso creyó ella.
Una semana después…
El sonido de motores despertó a toda la vecindad.
Camionetas negras, brillantes, de lujo, comenzaron a llenar la calle estrecha como si se tratara de una película. Hombres con trajes elegantes descendieron, mirando alrededor con respeto.
Los vecinos murmuraban. Algunos grababan con el celular.
Doña Carmen, asustada, observaba desde la puerta de su cuartito.
Uno de los hombres se acercó.
—¿Aquí vive Doña Carmen?
Las piernas le temblaron.
—Sí… soy yo.
En ese momento, un hombre bajó de la camioneta principal. Vestía traje oscuro, zapatos relucientes… y una sonrisa conocida.
Era él.
—Buenas tardes, Doña Carmen —dijo con la voz firme—. Hace una semana me regaló algo cuando yo no tenía nada.
Ella lo miró sin entender.
—Yo… solo le di un bolillo.
El hombre negó despacio.
—Me dio dignidad. Me recordó quién era.
Entonces lo supo.
Aquel indigente era el dueño de una importante cadena de constructoras. Había desaparecido unos días por decisión propia, cansado de una vida vacía, queriendo saber cómo trataba el mundo a quien no tenía nada.
—Busqué esta calle durante días —continuó—. Porque una persona que da su último pan… merece que la vida le devuelva algo.
Le entregó un sobre.
Dentro había documentos, dinero suficiente para vivir tranquila el resto de su vida y una carta.
—Y hay algo más —dijo—. Logré localizar a su hijo. Quiere verla.
Doña Carmen rompió en llanto.
No de sorpresa.
De alivio.
Esa noche durmió en su misma cama de metal, en su mismo cuartito humilde…
pero por primera vez en años, no se sintió sola.
Porque el pan que se da con el corazón…
siempre regresa multiplicad
una semana después, su calle se llenó de camionetas de lujo La anciana se llamaba Doña Carmen.
