Vivía en un cuartito húmedo al fondo de una vecindad olvidada de Iztapalapa, donde las paredes descascaradas parecían cansadas de sostener tanta soledad. El espacio apenas alcanzaba para una cama de metal que se quejaba con cada movimiento, una mesa coja y una estufa portátil que siempre olía a gas y nostalgia.
Llevaba más de diez años sola. Desde que su esposo murió de un derrame cerebral y su único hijo se marchó tras una discusión que nunca sanó. Nunca volvió. Ni una llamada. Ni una carta.
La vida de Doña Carmen no era vida, era resistencia.
Cada madrugada se levantaba antes de que el sol pensara en salir. Preparaba café aguado, acomodaba los bolillos en su canasta y caminaba despacio hasta los alrededores del mercado. Algunos días vendía todo. Otros regresaba con pan duro y el corazón igual de pesado. El dinero apenas alcanzaba para la renta, las pastillas de la presión y un poco de arroz y frijoles.
En el barrio la conocían bien.
No por tener, sino por dar.
Una tarde gris, con la lluvia cayendo fina y persistente, cuando ya se disponía a volver a casa, lo vio.
Un hombre tirado bajo el toldo de una tienda cerrada. Empapado. Temblando. Con un abrigo roto que ya no cumplía su función. A su lado, una bolsa de tela tan gastada como su mirada.
La gente pasaba de largo.
Algunos fingían no verlo.
Otros lo miraban rápido, como si la miseria fuera contagiosa.
Doña Carmen se detuvo.
—Oiga… ¿se siente bien? —preguntó con voz temblorosa.
El hombre abrió los ojos apenas.
—Sí… no se preocupe —mintió, con una sonrisa que no engañaba a nadie.
Ella no preguntó más.
Metió la mano en su canasta y sacó el último bolillo. Aún estaba tibio. Lo envolvió con cuidado y se lo tendió.
—Cómaselo. Con el estómago vacío, el frío duele más.
El hombre lo miró como si fuera un milagro.
—¿De verdad… para mí?
Doña Carmen asintió.
una semana después, su calle se llenó de camionetas de lujo La anciana se llamaba Doña Carmen.
