El colapso de la paciencia
Mientras servían el vino, Maxwell continuó con sus comentarios crueles:
—Thelma no sabe ni dónde está parada. Si no fuera por mí, estaría perdida.
Los presentes rieron, ignorando el dolor en los ojos de la mujer. Pero lo que Maxwell no sabía era que su paciencia había llegado al límite.
Thelma respiró hondo, se levantó de la mesa y dejó que su voz resonara en el salón:
—Ya es suficiente.
La revelación que heló la sangre
El silencio se hizo absoluto. Todos los ojos se fijaron en ella. Thelma levantó la barbilla y, con calma, dijo:
—¿Saben qué es lo irónico? Que esta casa que tanto disfrutan… esta mansión en la que se sienten dueños… no le pertenece a Maxwell. Ni a ninguno de ustedes. Me pertenece a mí.
Un murmullo recorrió la mesa. Maxwell palideció.
—¿Qué tonterías dices? —balbuceó, intentando mantener la compostura.
Thelma sacó de su bolso un sobre y lo colocó sobre la mesa. Eran los títulos de propiedad. Su nombre brillaba en letras claras: Thelma Johnson.
El rostro de la familia
Las expresiones de sorpresa se mezclaban con la incredulidad. Su suegra se llevó la mano a la boca, las cuñadas se miraban entre ellas sin saber qué decir.
Maxwell, rojo de furia, intentó recuperar el control.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
Thelma lo miró con firmeza:
—Porque quería ver hasta dónde llegaba tu arrogancia.
La caída del tirano
Por primera vez, el poder cambió de manos. Maxwell ya no tenía nada con qué humillarla. La familia, antes cómplice de sus comentarios, se quedó en silencio, incapaz de justificarlo.
Thelma continuó:
—He soportado tus insultos, tus golpes y tus traiciones. Pero esta es mi casa. Y esta noche queda claro que tú eres solo un invitado aquí.
La tensión era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
El inicio de su libertad
Esa noche marcó un antes y un después. Thelma ya no fue la esposa sumisa, sino la mujer que recuperaba su dignidad frente a todos los que la habían despreciado.
Decidió que no volvería a vivir bajo el yugo de Maxwell. Y delante de su familia, anunció su decisión:
—Este matrimonio termina aquí. Y esta será la última cena donde me humilles.
