rió como quien ya vio demasiadas películas.
—¿Quieren magia? No. Quieren barrio.
En minutos, estalló un caos “accidental”: una pelea ruidosa, carritos bloqueando pasillos, gritos, empujones. Elena y Camila se deslizaron como sombras hasta el casillero 404. La llave oxidada giró. Dentro: un sobre manila sellado… y un osito viejo.
—Lo tenemos.
El ruso herido las vio y sacó un arma. Corrieron a un autobús a punto de salir. Se colaron. Las puertas se cerraron con un golpe.
El enemigo quedó atrás, golpeando el vidrio con furia.
En una cafetería de carretera, Elena abrió el sobre con manos temblorosas. Dentro había una USB y una carta.
“Para mamá”, decía arriba.
Elena leyó en voz alta, quebrada:
Mamá, si lees esto, ya no estoy. Descubrí que Carlos está lavando dinero y usando materiales baratos. Un temblor y se caen los edificios. Lo enfrenté y me amenazó. En la USB están pruebas y grabaciones. Si algo me pasa, protege a Camila… protege a mi hija. No dejes que paguen por mis enemigos. Eres una gran mujer, mamá… solo olvidaste cómo ser dulce.
Elena apretó la carta contra el pecho. Luego apretó la USB como si fuera un arma.
—Se acabó llorar —dijo, con una calma que daba miedo—. Ahora toca pelear por los vivos.
Llamó al fiscal, un viejo conocido que le debía favores y que odiaba a los corruptos.
—Tengo su cabeza en bandeja —dijo Elena—. Quiero protección para mi familia y una redada hoy.
La caída de Carlos no ocurrió en una oficina oscura.
Ocurrió donde más le dolía: en público.
Al día siguiente, durante la misa de aniversario por Julián, la catedral estaba llena de “amigos” y socios. Carlos daba un discurso de honor y honestidad cuando las puertas principales se abrieron de golpe.
Elena entró vestida de blanco, con Camila del brazo y Sofía de la mano.
La niña parecía un milagro con vestido azul y ojos enormes.
—¿Qué… es esto? —balbuceó Carlos.
