UNA MILLONARIA VISITA LA TUMBA DE SU HIJO Y ENCUENTRA A UNA MUJER LLORANDO CON UNA NIÑA…

La puerta principal se abrió de una patada. Tres hombres con pasamontañas irrumpieron con bates… y un cuchillo.

—¿Dónde están? —gruñó uno, poniéndole una rodilla a Elena en el pecho.

—Lejos de ustedes —escupió ella, con sangre en la boca.

Los hombres comenzaron a golpear el panel.

Elena rodó hasta la mesita de noche y sacó una pistola vieja, reliquia de su esposo. Temblaba, sí. Pero apuntó.

—Aléjense.

El líder se rio.

—No tienes valor, vieja.

Dio un paso. Elena pensó en Julián. En Sofía. En el “perdón” que ya no bastaba si no venía con acción.

Disparó.

El hombre cayó con un grito ahogado. Los otros se paralizaron. A lo lejos, sonaron sirenas: Roberto había llamado a emergencias al oír el estruendo.

Los atacantes huyeron arrastrando al herido.

El panel se abrió. Camila salió pálida, abrazando a Sofía.

—Nadie les hará daño —jadeó Elena, acariciando la cabeza de la niña—. Te lo juro.

Al amanecer, Elena no denunció a Carlos todavía.

—Si lo acuso ahora, se esconde —dijo—. Necesito pruebas que lo hundan.

Camila asintió, tragándose el miedo.

Entonces contó lo del sobre.

—Julián me dejó un sobre. Dijo que si algo le pasaba… ahí estaba la verdad. Está en un casillero de la terminal de autobuses.

Y así, con la cara vendada y ropa barata para pasar desapercibidas, fueron a la terminal. Encontraron vigilantes: los mismos hombres. El herido tenía el brazo en cabestrillo.

No podían acercarse.

Camila miró a un grupo de personas sin hogar en una esquina y regresó con un viejito de barba cana.

—Él es Don Chucho —dijo—. Nos ayudó c