—Decía que usted nunca aceptaría a una mesera que no terminó la prepa. Que usted ya tenía planes… alianzas… hijas de socios.
Elena miró a la niña. De cerca, el parecido fue como un golpe en el estómago: la barbilla, la forma de fruncir el ceño… y una pequeña hendidura en el mentón que los Montero tenían desde generaciones.
—Ella… —Elena no pudo terminar.
—Nació seis meses después del accidente —dijo Camila, apretando a Sofía contra su pecho—. Me quedé sola. Me despidieron. Perdí el cuarto donde rentaba. Sobrevivimos como pudimos.
Elena sintió un vértigo feroz.
—¿Por qué no viniste a mí? Soy rica. Podría haberte ayudado. ¡Es mi sangre!
Camila sonrió con una tristeza que dolía.
—Fui. Una semana después del funeral. Con mi barriga de tres meses. Su guardia llamó al interfono… y usted dijo: “Dile a esa oportunista que se vaya. Si no se va, suelta a los perros”.
Elena se cubrió la boca. Recordó. Recordó pastillas para dormir, rabia, el mundo convertido en enemigo. Y ahora… ahora entendía a quién había expulsado.
Tenía una nieta.
Una nieta que vivía en la miseria mientras ella lloraba en una mansión vacía.
Elena se arrodilló en el barro sin importarle el abrigo caro.
—Hola, Sofía —dijo, intentando sonreír entre lágrimas.
La niña la miró con desconfianza, luego buscó a su madre.
Camila asintió apenas.
—Hola —dijo Sofía—. Tienes los ojos tristes como mi mami.
Elena soltó un sollozo que se le quebró en la garganta.
El momento se rompió con pasos apresurados. Un guardia del cementerio llegó con porra en mano, seguido por Roberto.
—¡Señora Montero! —gritó el guardia—. Perdón, no sabía que la molestaban estas indigentes. ¡Fuera!
Alzó la mano para agarrar a Camila con violencia.
—No la toque —rugió Elena.
