adre, levantó la mano hacia la tumba.
—Adiós, papá Ángel —canturreó.
Y tarareó una melodía simple, ridícula, repetitiva:
Tarra ta-ta… duerme ya… tarra ta-ta… duerme ya…
El teléfono de Elena se le resbaló de los dedos y cayó al lodo.
Esa canción no existía en ningún lugar.
Elena la había inventado una noche de fiebre, cuando Julián tenía cinco años y no podía dormir. Nunca la escribió. Nunca la cantó frente a nadie. Era su secreto. Y Julián, incluso de adulto, la tarareaba cuando creía que nadie lo escuchaba.
Elena sintió que el corazón se le detenía.
—¡Alto! —su grito salió roto, como súplica disfrazada de orden.
La mujer se detuvo a unos metros sin girarse, abrazando a la niña con fuerza, como si esperara un golpe.
Elena corrió. Corrió como no corría en años. Al alcanzarla, le agarró el brazo.
—Míreme —jadeó, con la lluvia mezclándose con el maquillaje—. ¿De dónde sacó esa canción?
La mujer se giró despacio. Tenía lágrimas en la cara.
—Él… él se la cantaba —susurró—. A mi barriga. Decía que era la canción que su mamá le cantaba para espantar monstruos.
Elena tragó aire como si se estuviera ahogando.
—¿Julián… lo conocías?
La mujer asintió, avergonzada.
—Me llamo Camila Reyes. Trabajaba en una cafetería cerca de su oficina. Nadie supo lo nuestro. Él tenía miedo de usted.
Elena retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—¿De mí?
