El cielo sobre Ciudad de México era una sábana gris, de esas que no dejan pasar la luz ni aunque el día insista. A las diez en punto, una camioneta blindada se detuvo frente a la entrada del panteón privado Jardines de Paz. Del asiento trasero bajó Elena Montero, la mujer a la que llamaban la Dama de Hierro: dueña de medio imperio inmobiliario, temida por banqueros, políticos y directores de obra… y vencida por un solo recuerdo.
Su chofer, Roberto, abrió el paraguas negro con la precisión de un ritual.
—¿Le acompaño, señora? —preguntó.
—No. —Elena ni siquiera lo miró—. Quédate aquí. Quiero estar sola.

Sus tacones rojos, demasiado caros para pisar barro, se hundieron sin piedad en el lodo. No le importaba ensuciarse. Había pasado cinco años visitando la misma tumba, el mismo mármol blanco, la misma inscripción dorada: JULIÁN MONTERO.
Cinco años desde el “accidente” de moto.
El camino de adoquines la llevó hasta el panteón familiar, una estructura arrogante, importada y perfecta, rodeada por ángeles de piedra que parecían llorar bajo la lluvia. Elena levantó la vista… y se le heló el estómago.
Alguien estaba ahí.
No un jardinero. No un guardia. Era una mancha de pobreza arrodillada en su santuario.
Una mujer joven, con un suéter gris lleno de agujeros y una falda deshilachada, limpiaba con las manos el agua estancada junto a la lápida. A su lado, una niña pequeña—no más de cuatro años—jugaba con piedritas en el suelo mojado. Tenía el cabello revuelto y unos tenis donados que le quedaban grandes.
Elena sintió que la furia le subía como ácido.
—¡Oiga! —gritó, acelerando el paso—. ¿Qué cree que está haciendo?
La mujer se sobresaltó. Sus ojos color miel se abrieron con pánico, pero no había insolencia en su rostro, solo cansancio. La niña se escondió detrás de la falda.
—Perdone, señora… —balbuceó la mujer—. No queríamos molestar. Solo… solo estábamos limpiando un poco.
Elena miró la tumba: las hojas secas habían sido retiradas con cuidado, las flores viejas acomodadas a un lado. Eso, en lugar de calmarla, la enfureció más. Esas manos sucias habían tocado el nombre de su hijo.
—¿Limpiando? —Elena soltó una risa fría—. ¿Cree que necesito que alguien como usted limpie la tumba de mi hijo? Tengo empleados. Empleados que se bañan.
La mujer apretó la mandíbula, herida, pero no se defendió.
—No robamos nada, se lo juro por Dios. Solo trajimos esto…
Señaló la base del mármol. Allí, en medio de la blancura perfecta, había una margarita silvestre metida en un vaso de yogur limpio. Una flor humilde enfrentándose al lujo como una bofetada.
—Quite esa basura —siseó Elena—. Esto no es un basurero.
La mujer se agachó rápido para tomar el vaso, temblándole las manos. Y entonces, la niña asomó la cara con esa crueldad inocente de los niños.
—Mami… ¿ella es la abuela mala?
El silencio cayó tan pesado que Elena sintió que el aire se volvía cemento. La mujer se puso pálida.
—Shh, Sofi… no digas eso —le tapó la boca con suavidad—. Perdone, señora. No sabe lo que dice. Ya nos vamos.
Elena iba a llamar a seguridad. Iba a ordenar que las sacaran a patadas. Nadie profanaba su dolor.
Pero entonces la niña, desde el hombro de su m
