Una humilde empleada de limpieza, sin tener con quién dejar a su hija, decidió llevarla al trabajo, sin imaginar que la reacción de su jefe millonario cambiaría todo. -DIUY

Llevaba unas gafas oscuras que se quitó lentamente, como si estuviera actuando para alguien. caminó por la sala sin esperar permiso, como si la casa fuera suya, y en parte lo había sido. Era Julieta, la hermana menor de Daniela, la esposa fallecida de Leonardo. Claudia nunca la había visto, pero bastó una mirada para entender que esa mujer traía otra energía, fría, controladora, de esas que sonríen sin que los ojos acompañen. Leonardo bajó las escaleras sin prisa, pero con cara de molestia.

Ya desde arriba su voz sonó cortante. No me avisaste que vendrías, Julieta. Ella se acercó con los brazos abiertos como si no pasara nada. Ay, por favor, Leo, ¿desde cuándo necesito invitación para venir a ver cómo estás? Le dio un beso en la mejilla que él no correspondió del todo. Se notaba que no era bienvenida.

Claudia se alejó con discreción, pero no pudo evitar mirar de reojo mientras la tensión se instalaba en la sala como una nube densa. Julieta caminó por la casa como si estuviera inspeccionando. Comentó que todo estaba igual, que nada había cambiado. Luego, sin disimular, preguntó, “¿Y esa niña que anda por ahí? ¿Ahora también tienes guardería en casa?” Leonardo respondió con voz firme. “Es hija de Claudia y no es tu asunto.” Julieta levantó las cejas.

Claudia, que escuchaba todo desde la cocina, sintió que se le helaba el cuerpo. Julieta se instaló en la casa como si fuera su visita obligada. Se sentó a tomar café con Marta, preguntó por cosas que ya no le correspondían y lanzó comentarios disfrazados de interés, pero detrás de cada palabra había juicio.

En la tarde, cuando Claudia fue a recoger los cojines del jardín, Julieta estaba sentada en una de las bancas. La miró de arriba a abajo, como midiendo su valor. Luego habló. Tú eres la mamá de la niña. Claudia asintió. Bonita, muy viva. Siempre viene contigo. Sí, señorita. Julieta fingió una sonrisa. Qué suerte tiene de estar en un lugar así. Claudia no respondió.

Julieta se inclinó un poco hacia adelante. ¿Y cuánto tiempo llevas trabajando aquí? Dos años. ¿Y siempre con tanta confianza? Claudia apretó los dientes. Solo hago mi trabajo. Julieta rió sin gracia. Claro, y parece que lo haces muy bien. Esa conversación fue corta, pero suficiente. Claudia entendió que esa mujer no estaba ahí solo de visita. Estaba observando, mediendo, juzgando.

Era como una advertencia silenciosa. Esa noche, cuando terminó su turno, Claudia salió por la puerta lateral con Renata dormida en brazos. José se acercó serio y le dijo en voz baja, “Ten cuidado con esa señora. No le cae bien nadie que no sea de su nivel.” Claudia solo asintió apretando los labios. Ya lo había notado.

Pasaron dos días. El domingo Claudia no fue a trabajar, pero el lunes al llegar notó algo raro. Marta la recibió con una cara incómoda. ¿Te enteraste? Claudia negó. Marta la llevó a un rincón y le dijo que Julieta había regresado el domingo a comer con Leonardo, que había llevado fotos viejas, que había estado recordando cosas con él, que parecía querer quedarse más tiempo.

Claudia sintió el estómago apretarse, no por celos, por precaución, porque sabía que esa mujer no venía solo a visitar. Durante la semana, Julieta apareció de nuevo varias veces, a veces con alguna excusa, otras sin ninguna, siempre bien vestida, siempre entrando como si nada. A Renata la saludaba con una sonrisa falsa, de esas que los niños detectan al instante. La niña no se le acercaba.

Prefería quedarse con Claudia o jugar lejos cuando ella estaba. Leonardo no decía mucho. Se mostraba educado, pero distante, aunque a Claudia le costaba no sentir que algo se estaba rompiendo. Una tarde, mientras Claudia limpiaba el comedor, escuchó que Julieta y Leonardo discutían en el despacho. No se oía todo, pero sí algunas palabras.

No entiendo qué haces con esa mujer aquí. ¿Desde cuándo te importa? Desde que dejaste de ser tú. No vine a discutir. Entonces, no vengas. La puerta se cerró de golpe. Claudia no sabía si debía sentirse aliviada o más preocupada. Leonardo salió poco después, caminó directo al jardín donde Renata jugaba con piedras.

Se sentó junto a ella, no dijo nada, solo se quedó mirando como la niña acomodaba las piedras en fila. Claudia los miró desde la ventana. Supo que algo estaba pasando, algo que no podía controlar. Esa noche, al llegar a casa, Claudia preparó la cena como siempre, pero apenas pudo comer.

Se sentó en la cama con Renata dormida a un lado y pensó, “No quería meterse donde no la llamaban. No quería ilusiones, pero tampoco podía negar lo que estaba sintiendo, que su hija se estaba encariñando con Leonardo, que ella también, y que ahora con la llegada de Julieta, todo eso estaba en riesgo, no por celos, no por competencia, sino porque Julieta era de otro mundo, uno que Claudia no conocía ni le interesaba conocer, pero que tenía poder. Y ese poder podía mover todo lo que con esfuerzo había empezado a construirse.

El día había empezado con calor. de esos que te hacen sudar la frente desde que sale el sol. Claudia ya se sentía cansada desde que se subió al camión con Renata de la mano, pero aguantó como siempre. A esas alturas ya no sabía si el cansancio era físico o emocional.

Desde que Julieta había vuelto a aparecer en la vida de Leonardo, todo se sentía más tenso. Ella entraba como si fuera la dueña de la casa y miraba a Claudia como si fuera un mueble viejo fuera de lugar. A Renata no le hablaba mucho, pero la observaba y eso bastaba para incomodarla. Esa mañana Claudia trató de no pensar en nada, solo en limpiar, cuidar a su hija y cumplir con su trabajo como cada día.

Renata estaba más tranquila de lo normal, quizás por el calor, quizás por ese presentimiento que a veces tienen los niños y no saben explicar. Jugaba en su rincón del jardín, pero sin tanta risa como otros días. A mediodía, el cielo empezó a nublarse de golpe, como si se fuera a caer todo de un momento a otro.

El viento se levantó fuerte y en menos de media hora comenzó a llover con ganas. Los truenos sacudieron los ventanales y los charcos crecieron rápido en el jardín. Claudia miraba desde la cocina con la frente pegada al vidrio. Sabía que esa lluvia no era de una hora, era tormenta larga. Y aunque lo primero que pensó fue en cómo iban a regresar a casa, no podía irse todavía. Le faltaban horas de trabajo.

A eso de las 5, mientras secaba el piso del comedor, Marta se le acercó y le dijo que Leonardo quería verla. Claudia pensó que se trataba de algún problema con Julieta, pero al entrar al estudio lo encontró solo. Sentado con la mirada fija en el ventanal, sin voltearla a ver, le preguntó si Renata tenía miedo a las tormentas.

Ella respondió que no mucho, que a veces se asustaba con los truenos, pero que si estaba con ella no pasaba nada. Entonces él la miró por fin. y le dijo que era mejor que se quedaran a pasar la noche, que no era seguro salir así. Claudia se quedó sin palabras. Nunca había dormido fuera de su casa desde que se había quedado viuda. Leonardo lo notó.

Se levantó de la silla y se acercó. Le dijo que no era una orden, solo una sugerencia, que si quería podía llamar a alguien para que las fueran a buscar, pero que por la lluvia lo veía complicado. Claudia bajó la mirada. Sabía que tenía razón. Salir con Renata bajo esa tormenta era peligroso. Aún así, se sentía incómoda.

Fuera de lugar. No era su casa, no era su vida, pero aceptó. Esa noche fue distinta desde el principio. Marta preparó una cena más ligera de lo normal, sopa caliente, pan y té. Renata comió tranquila, sentada en la mesa del comedor como si fuera cualquier otro día. Leonardo también cenó ahí sin su típico silencio.

Le preguntó a Renata sobre sus dibujos, sobre sus colores favoritos, sobre lo que quería ser cuando creciera. La niña dijo que quería ser astronauta o vendedora de paletas. Él rió. Claudia también. Después de cenar, Marta subió al cuarto de visitas y preparó una cama para ellas. Les dejó toallas limpias, una muda de ropa prestada y un bote pequeño de crema para la niña. Claudia le agradeció con una sonrisa apretada, sin saber bien qué decir.

Marta la miró con dulzura y solo dijo, “No te sientas mal. A veces la vida nos da descansos que no pedimos, pero que necesitamos.” La tormenta seguía fuerte. El sonido del agua cayendo era constante. Claudia se sentó en la cama con Renata, le quitó los zapatos, le peinó un poco el cabello húmedo con los dedos y le puso la pijama prestada. Renata, como si entendiera que esa noche era especial, no hizo preguntas.

Se acurrucó junto a su mamá y se quedó dormida en menos de 10 minutos. Claudia bajó por un vaso de agua. La casa estaba en silencio. Al pasar por la sala, vio luz en el estudio. Dudó, pero caminó hacia allá. Leonardo estaba sentado en el sofá con una taza en la mano. Le preguntó si quería un té.

Ella dijo que sí, sin pensar se sentó al otro lado del sillón, dejando espacio entre ellos. Por un momento, ninguno habló hasta que él rompió el silencio. Le dijo que era la primera vez en años que no se sentía solo, que no entendía bien lo que pasaba, pero que desde que Renata y ella estaban presentes, la casa ya no se sentía vacía.

Claudia no sabía qué responder, tragó saliva y bajó la mirada. Leonardo se inclinó un poco hacia adelante. Le preguntó si alguna vez había sentido que el tiempo se congelaba, que todo lo que dolía se quedaba en pausa por un momento. Ella asintió despacio. Dijo que cuando miraba a su hija dormir sentía algo parecido. Entonces él le dijo algo que la dejó helada. Me da miedo volver a sentir.

No lo dijo como confesión romántica ni como drama. Lo dijo con la voz baja, firme, con el cansancio acumulado de años en los hombros. Claudia lo miró por primera vez. Lo vio como un hombre real, no como el patrón, no como el millonario, no como el viudo, solo un hombre. Un hombre roto como ella. Ella le dijo que también tenía miedo.

Miedo de que algo bueno se deshiciera, de ilusionarse, de no ser suficiente, de que su hija se encariñara con alguien que no estaría ahí mañana. Leonardo cerró los ojos por unos segundos, respiró hondo y entonces, sin planearlo, sin pensarlo, sin adornos, se tomaron de la mano. No fue un gesto romántico de película, fue simple, sincero, dos manos encontrándose en mitad del silencio. No hubo palabras, no hicieron promesas, solo se quedaron ahí escuchando la lluvia golpear las ventanas, sintiendo por primera vez que había alguien que entendía lo que el otro cargaba por dentro. Pasaron así un rato largo. Claudia no sabía cuánto

tiempo, pero se sintió bien, como si ese espacio, por más ajeno que fuera, le diera un respiro que no recordaba haber tenido desde que perdió a su esposo. Leonardo no dijo nada más, solo se levantó, la miró y le dijo con suavidad que descansara, que cualquier cosa que necesitara, ahí estaba.

Claudia volvió al cuarto con el corazón latiendo más fuerte de lo normal. se acostó junto a Renata, la abrazó y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo se durmió sin miedo y allá afuera la tormenta seguía. El lunes por la mañana el sol volvió a salir con fuerza, como si la tormenta del viernes no hubiera existido.