Una criada descubre a la madre de un multimillonario encerrada en el sótano por su cruel esposa.-NANA

Al mediodía, sirviendo comida, Clara escuchó al mayordomo hablar de mantener cerrada la puerta del sótano, y no repetir “el error” anterior.

Esa tarde vio una puerta metálica al fondo del pasillo, medio oculta, con cerrojo pesado y un aviso frío: “Prohibido el paso”.

El aire allí era más frío, con olor a humedad rancia, y Clara creyó oír un gemido tras la madera, demasiado humano para ser viento.

Esa noche, a las dos, escuchó otra vez: “¡Ayuda!”, y el sonido subía desde el suelo como si la casa misma quisiera confesar.

Descalza, temblando, bajó y acercó el oído a la puerta, murmurando qué había allí, pero solo recibió un silencio húmedo, cargado de amenaza.

Al día siguiente, Verónica la esperaba en la cocina y dijo, sin rodeos, que no toleraba criadas entrometidas, porque quien desobedece desaparece.

Clara quiso contarle algo a Ricardo, pero Verónica aparecía siempre, pegándose a su brazo, cortando conversaciones con sonrisas falsas y control absoluto.

Esa madrugada, Clara vio una lágrima deslizarse por el cerrojo, y su sangre se heló: alguien estaba vivo abajo, alguien sabía su nombre.

Más tarde, limpiando la biblioteca, halló una llave antigua dorada con iniciales grabadas, y sintió que el metal pesaba como destino en su bolsillo.

Al anochecer regresó al pasillo del sótano con la llave, pero oyó tacones acercarse, y la voz de Verónica la clavó en el sitio.

Verónica le arrebató la llave, la escondió en su bata de seda y prometió destruirla laboralmente si volvía a acercarse a esa puerta.

Esa noche, Clara siguió a Verónica a escondidas y la vio abrir el sótano, descender con una bandeja, y cerrar otra vez con un golpe seco.

Cuando Verónica regresó, su rostro estaba rojo y tenso, y Clara encontró un papel doblado en el suelo, escrito con mano temblorosa y desesperada.

El mensaje decía: “Me encierra cada noche. Dile a mi hijo que no me olvide”, y Clara entendió, llorando, que la prisionera era doña Leo.

Al día siguiente, Clara vio un gran retrato cubierto con tela blanca, lo destapó y reconoció esos ojos: los mismos que la miraban desde la oscuridad.

Intentó preguntar a Ricardo por su madre, y él respondió confiado que estaba en Europa, sin sospechar que la mentira vivía debajo de su alfombra.

Esa noche la voz del sótano volvió, llamándola “hija”, y Clara no entendía por qué, pero supo que el miedo ya no era suficiente.

Verónica la confrontó, jurando que la haría desaparecer, y al amanecer puso un candado nuevo y una cadena más gruesa en la puerta del sótano.

Aun así, un jardinero viejo le susurró que Verónica bajaba con comida y subía con la bandeja intacta, como si nadie comiera allí abajo.

Clara, desesperada, logró entrar una madrugada: el candado estaba forzado, la puerta cedió, y el olor a encierro la golpeó como una confesión.

En un rincón vio a doña Leo, delgada, cabello blanco, muñecas marcadas, y una ternura triste en el rostro, como si la dignidad no quisiera morir.

Doña Leo confirmó la pesadilla: Verónica la encerró el día de la boda, dijo que Ricardo la odiaba, y la borró del mundo con mentiras.

De pronto, Verónica bajó con una bandeja, insultó a doña Leo y la abofeteó, y Clara, escondida, apretó los puños hasta doler.

Una tabla crujió, Verónica gritó quién estaba allí, y Clara corrió, prometiendo volver con ayuda, mientras doña Leo suplicaba que tuviera cuidado.

Clara intentó hablar con Ricardo en su oficina, pero Verónica irrumpió, lo arrastró a compromisos, y dejó a Clara con la garganta llena de fuego.