Un padre volvió del ejército y encontró a su hija en un basurero, lo que hizo después dejó a todos en silencio.DIUY

Caminó hacia el fondo de un callejón estrecho y oscuro, donde la luz de la calle no lograba penetrar. El aire era denso, cargado de un olor a humedad y podredumbre. Fue entonces cuando lo escuchó: un sonido tan débil que podría haberse confundido con el susurro del viento era un soyoso un lamento ahogado tan tenue como una hoja seca cayendo sobre el agua pero fue suficiente para detenerle el corazón en el pecho su mochila que hasta entonces no se había quitado cayó al suelo con un ruido sordo corrió sin pensar guiado únicamente por ese sonido de puro dolor el edor se intensificó a medida que se adentraba en el callejón una mezcla nauseabunda de barro basura y algo descompuesto que le golpeó la nariz pero no retrocedió
no podía retroceder cada fibra de su ser le decía que su hija estaba al final de ese oscuro pasaje y entonces la vio acurrucada dentro de un contenedor de basura temblando de frío y de miedo su cabello enmarañado y pegado a su rostro por una capa de lodo y su ropa desgarrada y manchada como si alguien hubiera pintado sobre ella con tierra y lágrimas sus pequeñas manos se aferraban con fuerza al borde del contenedor y su cara amoratada por el frío mostraba una expresión de absoluto terror sus ojos se abrieron desmesuradamente al verlo parpadeando varias veces como si no pudiera creer que la figura que estaba
frente a ella fuera real “papá” susurró ella su voz apenas unil audible “tengo mucho frío y tengo hambre.

” No lo dijo en voz alta pero cada palabra fue como una daga afilada que se clavó directamente en el pecho de Gustavo destrozando lo poco que quedaba de su compostura él no gritó no lloró no hubo ninguna reacción externa que pudiera expresar la tormenta de furia y dolor que se desataba en su interior simplemente se inclinó sobre el contenedor la levantó con una delicadeza infinita y la apretó contra su pecho con
todas sus fuerzas la abrazó como si temiera que de soltarla un solo instante ella pudiera desvanecerse en el aire como un espejismo el cuerpo de la niña era increíblemente liviano frágil como si en todos esos días de abandono solo hubiera sobrevivido a base de su propio llanto y de la esperanza de ser encontrada cada paso que Gustavo dio para salir de ese callejón húmedo y oscuro fue una batalla ganada contra el miedo y la desesperación caminó de regreso por las calles del pueblo sin mirar a nadie sin importarle las miradas curiosas o los murmullos de
los comerciantes que lo veían pasar la mirada atónita de la florista la del niño lustrabotas en la esquina la de don Julián que asomaba la cabeza desde su panadería todos guardaban un silencio culpable un silencio que a veces no nace de la falta de palabras sino de la certeza de que ya es demasiado tarde para decirlas una frase de un viejo compañero de armas resonó en su mente con una claridad brutal uno puede sobrevivir a la guerra pero nadie absolutamente nadie regresa intacto de ella ahora mientras sostenía el cuerpo tembloroso de su hija entendía
el verdadero significado de esas palabras no todas las batallas se libran con balas y uniformes algunas las más crueles se pelean en el silencio de un hogar roto y en la indiferencia de una comunidad ese contenedor de basura no solo contenía desperdicios sino el fracaso de una familia y el dolor de una niña inocente gustavo no sabía qué haría a continuación como enfrentaría a Renata o que le depararía el futuro pero una cosa sí sabía con una certeza absoluta a partir de ese instante cada decisión que tomara estaría guiada por una sola y única pregunta ¿cómo podía asegurarse de que su hija su
pequeña Susana nunca más en su vida tuviera miedo de pronunciar la palabra papá era una promesa silenciosa que se hizo a sí mismo un juramento grabado a fuego en su alma mientras caminaba hacia la única luz de esperanza que le quedaba el camino hacia la clínica se sentía interminable cada paso un eco de su propio fracaso como padre y protector la niebla pálida que se arrastraba por las calles parecía un reflejo de la confusión y el dolor que nublaban su mente pero su determinación era más fuerte que cualquier duda sostuvo a
Susana con más fuerza su calor corporal una frágil barrera contra el frío del mundo ella era su misión ahora su única razón para seguir adelante la guerra había terminado para el soldado pero la batalla más importante de su vida la de ser padre acababa de comenzar una capa de neblina grisácea se aferraba al antiguo edificio de la clínica de San Candelario cubriendo el paisaje con un velo de cansancio las gotas de una lluvia incipiente pesaban sobre las copas de los árboles que se curvaban como si compartieran el
dolor silencioso que atravesaba el pueblo el único sonido que rompía la quietud era el de unos zapatos mojados golpeando el suelo de cerámica y la respiración agitada de un hombre gustavo Romero empujó la puerta principal del hospital llevando en sus brazos lo más valioso de su vida un tesoro ahora pequeño helado y cubierto de lodo el viento frío del exterior azotó el pasillo largo y húmedo levantando algunas recetas médicas que yacían dispersas en el suelo los pocos pacientes que esperaban en la recepción voltearon a mirar sus ojos llenos de asombro y una preocupación muda al ver
la escena nadie dijo una palabra el rostro empapado intenso y desesperado de aquel padre era una explicación más elocuente que cualquier grito rosalía la enfermera de turno fue la primera en reaccionar su profesionalismo superando la conmoción inicial del momento a urgencias rápido gritó señalando hacia el final del pasillo preparen la cama número tres tenemos un caso grave corrió hacia ellos y su rostro palideció al ver el estado de la niña que Gustavo llevaba en brazos un pequeño bulto de miseria y abandono
desde el otro extremo del pasillo apareció una mujer de unos 40 años con los zapatos blancos manchados de agua y el cabello pulcramente recogido no tenía el semblante frío de una profesional con décadas de experiencia sino una mirada firme y una voz clara que inspiraba confianza hola soy la doctora Beatriz Vargas llévenla de inmediato a la sala de exploración indicó con calma haciendo una seña a la enfermera para que la asistiera colocaron a Susana con sumo cuidado sobre una camilla pequeña cubriéndola
con una sábana descolorida que parecía enorme para su cuerpo el cabello de la niña estaba enredado y mojado su piel amoratada y sus manos temblaban de forma incontrolable a pesar de todo en su mano derecha aún apretaba con una fuerza sorprendente una vieja y desgastada pinza de cabello como si fuera su único ancla en medio de la tormenta gustavo permanecía a su lado mudo e inmóvil sus propias manos temblando por una mezcla de frío rabia y una pena tan profunda que sentía que le partía el corazón en mil pedazos observaba cada movimiento de la doctora
esperando un veredicto que tenía escuchar beatriz desabrochó con delicadeza la ropa andrajosa de la niña retirando cada capa para poder examinar las heridas de su cuerpo lo que vio la dejó sin aliento el pecho y el costado de la pequeña estaban cubiertos de hematomas azulados mezclados con cicatrices antiguas y quemaduras difusas dios mío esta niña ha sido maltratada durante mucho tiempo” murmuró la doctora sin apartar la vista del cuerpo diminuto “hay heridas nuevas pero la mayoría son antiguas y no han recibido ningún tipo de atención médica hay un riesgo muy alto de infección.


Rosalía la enfermera se acercó a Gustavo y sostuvo su mano con suavidad su voz apenas un susurro escuchamos algunos rumores de los vecinos historias sobre gritos y llantos pero nadie estaba seguro de lo que pasaba nunca hubo pruebas claras para poder intervenir gustavo apretó el puño con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos su rostro se había endurecido transformándose en una máscara de calma sombría y nadie hizo nada nadie lo reportó repitió no como una pregunta sino como la confirmación de lo imperdonable ¿con quién vivía la niña preguntó Beatriz mientras limpiaba una de las
heridas con una gasa la pregunta flotó en el aire cargada de una acusación implícita que resonó en la pequeña sala de urgencias gustavo tardó unos segundos en poder responder con su madrastra dijo finalmente su voz rota por el dolor se sentó en una silla junto a la camilla sintiendo que la respiración se le quedaba atascada en la garganta yo estaba desplegado en la unidad militar fuera del país por más de un año ella me juró que cuidaría de mi hija bajó la cabeza enfrentándose a la mirada asustada de Susana soy papá mi amor puedes decirme lo que
sea te lo prometo nadie volverá a hacerte daño nunca más sus palabras eran un bálsamo y una sentencia una promesa de protección y una declaración de guerra los labios de la niña se movieron suavemente papá ella me encerraba en el almacén estaba muy oscuro y hacía mucho frío cuando yo lloraba ella usaba un cable y me pegaba cada palabra fue como un cuchillo girando lentamente en el corazón de Gustavo él no gritó colocó una mano sobre su propio pecho como para contener el dolor y luego abrazó a la pequeña susurrándole al oído como si
arrullara un alma rota ya todo pasó mi vida ya todo terminó papá está aquí contigo ahora susana se aferró al cuello de su padre con la poca fuerza que le quedaba en ese movimiento la pinza que sostenía en su mano cayó sobre el colchón revelando un pequeño papel cuidadosamente doblado beatriz lo recogió con curiosidad y lo desdobló estaba escrito con una letra infantil en tinta azul yo amo a mi mamá y a mi papá soy una princesa buena una hora más tarde Gustavo estaba sentado en el pasillo con la mirada perdida en la pared la imagen del papel