Un padre volvió del ejército y encontró a su hija en un basurero, lo que hizo después dejó a todos en silencio.DIUY

Se acercó a la ventana que daba al patio trasero. El columpio de madera que él mismo había construido para Susana antes de partir ya no estaba en su lugar. Solo quedaba un césped perfectamente cortado, un verde artificial y uniforme. La última prueba de la infancia de su hija había sido erradicada.

La noche anterior se había disuelto en un amanecer gris y nublado. Gustavo no había pegado ojo, atormentado por las mentiras de Renata y la certeza creciente de que algo terrible le había sucedido a su hija. El silencio de la casa ya no era paz, sino un vacío lleno de palabras no dichas.

En la cocina, la tetera comenzó a silbar, pero él no se movió. Su mirada estaba perdida en la ventana, observando cómo la primera luz del día bañaba las calles silenciosas de San Candelario. En la puerta del refrigerador, un solitario dibujo de Susana desafiaba el orden estéril impuesto por Renata.

Era un retrato torpe, pero lleno de amor, que ella le había regalado al entrar a primer grado. Él rozó con los dedos el corazón rojo coloreado con crayones, un pequeño gesto que le provocó un dolor agudo en el alma. Ese dibujo era el último vestigio del hogar que había perdido sin siquiera saberlo, sin esperar a que el agua hirviera.

Se vistió con su uniforme militar, colgó la mochila vacía al hombro y salió de la casa. El cielo plomizo parecía reflejar su estado de ánimo. Sus botas no hacían ruido, solo el crujido de las hojas secas bajo sus pies, como si caminara sobre la confianza rota.

Cada casa a lo largo del camino mantenía sus ventanas cerradas, guardianas de secretos y vidas ajenas. En el aire flotaba una mezcla de olores a leña, a masa recién hecha y a la lluvia antigua que parecía impregnar los muros.

Gustavo caminaba con lentitud, pero sus ojos escudriñaban cada rincón con desesperación. Buscaba una pista, una señal, cualquier cosa que lo llevara hasta su hija. El mercado mayorista, ubicado al este del pueblo, comenzaba a despertar.

Las lonas de los puestos ya estaban montadas y la mercancía fresca, cubierta de rocío, esperaba a los primeros compradores del día. Un sonido familiar lo sacó de su ensimismamiento.

— Gustavo, ¿eres tú? ¿De verdad has vuelto? —se giró y vio a Don Julián, el viejo panadero, secándose las manos en su delantal manchado de harina.

El anciano solía regalarle panecillos a Susana cada fin de semana.

— Buenos días, Don Julián —saludó Gustavo, forzando una calma que no sentía mientras se acercaba al puesto—. Su horno sigue oliendo tan bien como siempre.

Intentaba mantener la conversación ligera, pero la pregunta que lo quemaba por dentro estaba a punto de salir.

— El horno huele bien, sí, pero ya no hay quien espere con ansias panecillos —respondió el anciano, bajando la mirada con una tristeza evidente—. Hace mucho tiempo que no veo a tu pequeña por aquí, Gustavo. Desde antes de la última Navidad, para ser exacto.

Un escalofrío helado recorrió la nuca de Gustavo, confirmando sus peores temores.

— ¿Quiere decir que Susana ya no ha venido más? —su voz se quebró ligeramente, a pesar de sus esfuerzos por mantenerla firme. La mentira de Renata se desmoronaba pieza por pieza.

— Así es —asintió Don Julián—. Antes venía cada semana. Se paraba justo en esa esquina con su bolsita de tela, siempre sonriendo. Recuerdo que pedía un pan para ella y otro para un amigo imaginario que tenía. Era una niña tan dulce y llena de vida.

Gustavo apretó los puños, la rabia comenzando a hervir bajo su piel.

— ¿Escuchó algo? ¿Alguien preguntó por ella o notó algo extraño? Necesitaba saber más, cualquier detalle podría ser la clave para encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.

El panadero negó con la cabeza, su expresión cargada de una impotencia compartida.

— Todos en el pueblo creyeron la historia de que se había ido con su madre a la casa de sus abuelos en otra ciudad. Nadie pareció preocuparse. La gente aquí prefiere no meterse en asuntos ajenos.

Justo en ese momento, una voz ronca y profunda interrumpió la conversación desde el puesto de verduras de al lado.

— Yo escuché un llanto hace un par de noches. Venía de detrás de la panadería vieja, cerca de la zona del basurero municipal. Un lamento que no era de este mundo.

Gustavo se giró de inmediato, su corazón latiendo con una mezcla de pavor y esperanza.

Era Don Eloy, el barrendero más veterano del pueblo, con la ropa aún sucia de tierra y los ojos cansados de ver demasiado.

Se acercó a él con rapidez, suplicando con la mirada.

— ¿Estás seguro de lo que oíste, Don Eloy? ¿Podría haber sido un animal? —preguntó Gustavo, aferrándose a esa nueva pista como un náufrago a una tabla.

El basurero municipal era un lugar desolado, un mal presagio que no quería aceptar.

— No puedo jurarlo, hijo, pero he oído muchos lamentos en mi larga vida, y ese sonido no era el de un gato —aseguró el barrendero, su voz temblando ligeramente—. Era un sollozo que se quebraba en la oscuridad, como el de un niño que llama a alguien y no recibe respuesta.

El viento sopló con fuerza entre los pasillos del mercado, haciendo volar periódicos viejos y levantando una nube de polvo.

Gustavo no se despidió, no había tiempo para cortesías. Se dio media vuelta y comenzó a correr, impulsado por una urgencia desesperada.

A lo largo del camino, cada detalle del paisaje urbano parecía gritarle una verdad aterradora. Una bicicleta abandonada sin asiento, un charco con la forma de un zapato infantil, unas pequeñas sandalias de plástico atrapadas en una cerca oxidada.

El mundo le estaba mostrando lo que se negaba a ver. El sendero hacia la antigua fábrica de textiles estaba cubierto por la maleza, un camino olvidado por el tiempo y el progreso.

Las paredes de ladrillo, adornadas con grafitis desteñidos por el sol y la lluvia, se erigían como mudos testigos de un pasado industrial que ya no existía. Nadie se aventuraba por esa zona, a menos que no tuviera otro lugar a donde ir. Era el rincón más desolado de San Candelario, donde el viento jugaba con las tapas de los contenedores de basura, produciendo un estrépito seco y metálico que resonaba como el chasquido de un candado forzado.

Gustavo avanzó con el corazón en un puño, cada sonido agudizando sus sentidos al máximo. Se detuvo en seco, conteniendo la respiración. No sabía si era un ruido real o solo un presentimiento, una corazonada de soldado, pero algo le decía que debía prestar atención, que estaba cerca.