Había recibido, a través de un canal anónimo de quejas, un mensaje que lo dejó helado:
“Tratan mal a familias con niños. Se burlan si pides algo extra. La gerente humilla. Ya no se siente como un hotel, se siente como un castigo.”
Daniel no solía meterse. Desde la muerte de Valeria, se había alejado de la operación diaria. Había dejado que “los expertos” manejaran. Él solo quería ser papá y, cuando podía, caminar por el hotel en silencio, como quien visita un lugar donde todavía vive un recuerdo.
El Aurora no era un negocio cualquiera. Era el sueño que construyó con Valeria desde cero. Un hotel pequeño al inicio, con habitaciones modestas y un lobby donde ellos mismos acomodaban flores. Creció a pulso, con préstamos, con noches sin dormir, con discusiones de pareja por estrés… y con amor. El Aurora era lo único que seguía respirando de ese sueño compartido.
Por eso, cuando leyó la queja, se dolió como si le hubieran escrito una amenaza sobre la tumba de Valeria.
Así que fue.
Llegó sin traje, sin séquito, sin avisar. Solo con la niña de la mano y la cara de alguien que no ha descansado en años.
Preguntó en recepción:
—Buenos días. Me gustaría hablar con la gerente sobre un reporte de trato… no muy adecuado hacia huéspedes con niños.
La gerente apareció desde el costado, como si hubiera olido un problema. Lorena Barragán, impecable, perfume caro, mirada dura.
—¿Cuál es el problema? —preguntó sin saludar.
Daniel intentó mantener la calma.
—Es algo delicado. ¿Podemos hablar en privado? Tengo información sobre…
Lorena arqueó una ceja, como si él fuera una mancha en su mármol.
—¿En privado? ¿Y usted quién es? —miró sus zapatos, luego su sudadera—. Señor, aquí no se viene a “exigir” cosas. Si no le gusta el servicio, ahí está la salida.
Daniel apretó la mandíbula. Renata le apretó la mano.
—No estoy exigiendo. Estoy pidiendo que revisemos el trato a las familias. He recibido varias…
—¿Varias? —Lorena soltó una risa breve, venenosa—. Mire, no sé de dónde salió, pero aquí hay nivel. Y usted está… fuera de lugar.
Daniel sintió cómo se le subía la sangre, pero respiró.
—Señora, lo único fuera de lugar es que alguien humille a un huésped o a un empleado. Si usted se siente atacada, quizá es porque…
Eso bastó. Lorena interpretó lo que quiso interpretar. Levantó la mano con rabia y…
