Alejandro permanecía de pie.
—Isabella Cruz —dijo—.
Jefa de Recursos Humanos.
Qué ironía.
Activó la pantalla.
Video tras video comenzó a reproducirse.
Isabella gritándole al personal.
Despreciando a empleados.
Amenazando despidos.
El momento exacto en que lanzó el dinero al rostro de “Señor Alex”.
Cada segundo era un golpe.
—Esto —dijo Alejandro— no es liderazgo.
Es abuso.
Isabella se levantó de golpe.
—¡Eso fue un mal día!
¡Todos cometemos errores!
Alejandro caminó hacia ella.
—Un error es olvidar un correo.
Un error es llegar tarde.
Se inclinó ligeramente.
—Humillar a alguien porque crees que vale menos…
eso es quién eres.
Silencio.
—Estás despedida —sentenció—.
Con causa.
Sin indemnización.
Y con un informe completo enviado a cada empresa del sector.
Isabella se derrumbó en la silla.
—Por favor… —susurró—.
No me destruya la vida.
Alejandro la miró con calma.
—Yo no destruí nada.
Solo te quité el poder de seguir haciéndolo a otros.
Dos guardias reales la escoltaron fuera.
Lucía observaba todo, temblando.
Alejandro respiró profundo.
—Ahora —dijo—, hablemos de Lucía Hernández.
Ella se puso de pie, nerviosa.
—Durante este mes —continuó—, Lucía fue la única que trató al “guardia” como a un ser humano.
Sin saber quién era.
Sin buscar beneficio.
La miró.
—Lucía… gracias.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
