El silencio fue absoluto.
Isabella parpadeó.
Una vez.
Dos.
—Eso… eso no es gracioso —balbuceó.
Alejandro la miró directamente.
—No lo es.
Mariana dio un paso adelante.
—Durante los últimos treinta días —anunció—, el señor Vista ha trabajado en esta empresa como guardia de seguridad, bajo identidad falsa, para evaluar el trato humano dentro de su propio conglomerado.
Un murmullo recorrió el lobby.
Lucía se llevó la mano a la boca.
Alejandro continuó:
—Quería saber quién trataba con dignidad a alguien que no tenía poder.
Quién decía “buenos días” sin esperar nada a cambio.
Quién humillaba… y quién ayudaba.
Sus ojos se posaron en Lucía.
—Y también lo descubrí.
Luego miró a Isabella.
—Especialmente eso.
Isabella empezó a retroceder.
—Alejandro… señor Vista… yo no sabía… yo—
—Lo sé —la interrumpió él—.
Y eso es exactamente el problema.
Se dirigió a todos.
—Reunión general.
Ahora.
La sala de juntas estaba llena.
Pantallas encendidas.
Cámaras grabando.
Recursos Humanos presente.
Isabella estaba sentada, rígida, sudando.
