La voz retumbó como un trueno.
Todos giraron la cabeza.
Un grupo de hombres y mujeres vestidos de manera impecable acababan de entrar al lobby.
Abogados.
Auditores.
Miembros del consejo.
Y al centro…
Mariana.
—Por favor —dijo con voz cortante—.
Todos diríjanse a la sala principal de juntas.
Ahora mismo.
Isabella frunció el ceño.
—¿Y tú quién eres para dar órdenes?
Mariana la miró sin parpadear.
—La mano derecha del dueño de este edificio.
Isabella soltó una risa burlona.
—¿Del dueño?
Por favor, tengo reunión con el señor Vista.
No tengo tiempo para juegos.
Mariana sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
—Perfecto —dijo—.
Porque está a punto de conocerlo.
Alejandro caminó hacia el centro del lobby.
Se quitó lentamente los lentes gruesos.
Luego, se desabrochó la gorra del uniforme.
Finalmente, se enderezó… como si dejara caer un personaje entero al suelo.
Su postura cambió.
Su mirada también.
Lucía sintió que el corazón se le detenía.
No…
no podía ser…
Alejandro habló.
—Buenos días a todos.
Su voz ya no era la del “Señor Alex”.
Era profunda.
Autoritaria.
Imposible de ignorar.
—Mi nombre es Alejandro Vista.
