Porque en ese instante, Alejandro Vista ya no estaba probando a la gente.
Estaba confirmando algo mucho más profundo.
Sacó su teléfono del bolsillo del uniforme azul.
Un dispositivo sencillo… por fuera.
Marcó un número que no necesitaba guardar.
—¿Mariana? —dijo con voz firme.
—Aquí estoy, señor —respondió su asistente personal de inmediato—. ¿Todo bien?
Alejandro miró hacia el edificio.
—Activa el protocolo completo.
Hoy termina el experimento.
Mariana guardó silencio solo un segundo.
Sabía exactamente lo que eso significaba.
—¿Desea que convoque a todos los directivos?
—A todos —respondió Alejandro—.
Incluida Isabella Cruz.
—¿Hora?
Alejandro miró el reloj.
—Ahora.
Colgó.
Y regresó al lobby.
Isabella subía y bajaba el pie, impaciente, frente al ascensor.
—¡Increíble! —bufó—.
¿Dónde se metió ese inútil?
Lucía, pálida, observaba desde su escritorio.
Algo dentro de ella no estaba bien.
No sabía por qué…
pero sentía que algo grande estaba a punto de pasar.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Alejandro entró caminando con calma, llevando en la mano dos cafés.
Se acercó a Isabella y le extendió uno.
—Aquí tiene, señora.
Isabella lo tomó de mala gana.
—Más te vale que esté caliente.
Bebió un sorbo…
y de inmediato escupió el café en una maceta cercana.
—¡¿Estás loco?! ¡Está tibio!
Levantó la mano.
El lobby contuvo la respiración.
Pero antes de que pudiera golpearlo—
—¡ISABELLA CRUZ!
