Alejandro Vista, de 29 años, no era un hombre común.
Era el CEO más joven y el único propietario de Vista Empire, uno de los conglomerados más grandes de México, con sede en Ciudad de México.
Alto, atractivo, brillante…
y sobre todo, extremadamente rico.
Sin embargo, entre el poder y el dinero, había algo que nunca pudo comprar:
el amor verdadero.
Estaba acostumbrado a mujeres que se acercaban por su apellido, por sus autos de lujo, por sus tarjetas negras sin límite.
Ninguna lo miraba como a un hombre normal.
“Quiero que me amen por ser Alejandro, no por ser millonario”,
se dijo una noche en silencio.
Y así nació una idea peligrosa.
Un experimento social.
Durante un mes, Alejandro renunció a su título.
Se puso lentes gruesos, cambió su peinado y vistió el uniforme azul de guardia de seguridad.
De CEO poderoso pasó a ser “Señor Alex”, el guardia silencioso que abría la puerta del lobby…
de su propia empresa.
Solo su asistente personal conocía la verdad.
Su objetivo era simple, pero arriesgado:
descubrir quién trataba con respeto a alguien sin poder ni dinero.
Cada mañana, una joven lo saludaba con una sonrisa sincera.
Lucía, una auxiliar administrativa.
—Buenos días, Señor Alex.
Traje una torta extra… ¿quiere un poco?
No era interés.
No era falsedad.
Era bondad real.
Y el corazón de Alejandro empezó a cambiar.
Pero no todos eran como Lucía.
Si ella era un ángel, Isabella Cruz, la jefa de Recursos Humanos, era todo lo contrario.
Elegante.
Siempre con bolsos de marca.
Pero fría, arrogante y cruel.
Para Isabella, los guardias y el personal de limpieza no valían nada.
Un lunes por la mañana, llegó furiosa: iba tarde a una reunión y la máquina de café estaba descompuesta.
Al entrar al lobby, vio a Alejandro cerca del ascensor.
—¡Oye! ¡Guardia! —gritó.
Alejandro inclinó la cabeza con respeto.
—Buenos días, señora Isabella.
UN MULTIMILLONARIO SE HACE PASAR POR GUARDIA DE SEGURIDAD PARA ENCONTRAR A “LA INDICADA”
