UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

—¡No! ¡Por favor! —suplicó Isabela, dando un paso adelante—. Necesito el dinero para el parto, no me falta nada, puedo terminar el turno…

—¡Ella no va a terminar ningún turno! —rugió Sebastián. Su voz, acostumbrada a dar órdenes en salas de juntas, resonó con una autoridad aterradora que silenció a todos los presentes.

Sebastián sacó su billetera de piel de cocodrilo. Extrajo un fajo de billetes grueso, todo el efectivo que llevaba para su noche de fiesta, y lo estrelló contra el pecho del gerente.

—Aquí tienes cinco mil dólares. Eso cubre su sueldo de un año y tu silencio. Ella se viene conmigo. Ahora.

—Sebastián, no… —intentó protestar Isabela, asustada—. No puedes comprarme. No voy a irme contigo a tu ático para que te sientas menos culpable.

Sebastián se giró hacia ella. Ya no había arrogancia en su postura. Se acercó lentamente y, por primera vez en años, se arrodilló. Allí, en el suelo sucio de la cocina, con su traje de tres mil dólares manchándose de grasa, el gran Sebastián Mendoza se puso a la altura del vientre de su exesposa.

—No te estoy comprando, Isabela —dijo con la voz rota, levantando la mirada hacia ella—. Te estoy pidiendo perdón. Sé que no merezco nada. Sé que soy el último hombre en la tierra del que quieres recibir ayuda. Pero mírame. No puedo dejarte aquí. No puedo irme a mi casa sabiendo que tú estás sola en esto.

—El bebé no es tuyo —le recordó ella, con dureza defensiva.

—Lo sé. Y no me importa. Ese bebé es inocente. Y tú… tú eres la única mujer que me amó cuando yo no tenía nada más que sueños. Por favor. Déjame sacarte de aquí. Solo por hoy. Déjame llevarte a cenar, a un lugar tranquilo. Déjame asegurarme de que descanses. Después, si quieres, puedes mandarme al diablo otra vez.

Isabela lo miró. Buscó en sus ojos algún rastro de engaño, de la frialdad de antaño. Pero solo encontró a un hombre desesperado, un hombre que parecía haber despertado de un largo coma emocional. Asintió levemente, vencida por el cansancio.

Sebastián se levantó, se quitó su saco y lo puso suavemente sobre los hombros de ella. Ignoró a Camila, que esperaba en la mesa (y que seguramente se iría furiosa), ignoró su cena de lujo, e ignoró su coche deportivo. Pidió un taxi, porque el Bentley le parecía obsceno en ese momento.

La llevó a un pequeño restaurante italiano, lejos del centro, un lugar familiar con manteles a cuadros. Pidió comida nutritiva para ella, todo lo que ella quisiera, y se sentó a verla comer con un nudo en la garganta. Escuchó cada detalle de su lucha. Supo que vivía en un cuarto piso sin ascensor, en un barrio peligroso. Supo que iba al hospital público y hacía filas de cinco horas para sus chequeos.

—¿Por qué? —preguntó Sebastián en un momento—. ¿Por qué no me buscaste? Podría haberte ayudado, aunque estuviéramos divorciados.

—Porque me dejaste claro que yo era una molestia —respondió ella con sinceridad—. Y tenía dignidad, Sebastián. Prefería pasar hambre que pedirte migajas.

Esa noche, Sebastián no la llevó a su mansión fría. La llevó a un hotel boutique, pagó una habitación por un mes por adelantado y le dio la llave.

—Descansa —le dijo en la puerta—. Mañana vendré a buscarte. Vamos a buscar un apartamento decente. Vamos a ir al mejor obstetra de la ciudad.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta, con la mano en su vientre.

Sebastián suspiró, sintiendo el peso de sus errores. —Porque he pasado tres años acumulando dinero y sintiéndome cada vez más pobre. Hoy, al verte, me di cuenta de que mi cuenta bancaria está llena, pero mi vida está vacía. Déjame ayudarte, Isabela. Déjame intentar ser un ser humano decente.

Los meses siguientes fueron una transformación lenta y dolorosa. Sebastián no solo puso dinero; puso tiempo. Al principio, Isabela desconfiaba. Esperaba que él se aburriera, que su capricho de “salvador” se desvaneciera cuando los negocios llamaran. Pero Sebastián persistió.

Canceló viajes a Dubái para acompañarla a las ecografías. Sostuvo su mano mientras el médico explicaba el plan de parto. Aprendió a pintar paredes y terminó con pintura azul en el cabello mientras decoraban la habitación del bebé en el nuevo apartamento seguro que alquilaron (a nombre de ella, para que se sintiera independiente).

—Es un niño —dijo el médico en una de las consultas.

Sebastián miró la pantalla del ultrasonido, maravillado por el pequeño corazón latiendo. No era su sangre. Biológicamente, ese niño era un extraño. Pero espiritualmente, Sebastián sentía que ese niño le estaba salvando la vida.

La prueba de fuego llegó una madrugada de tormenta. El teléfono de Sebastián sonó a las 3:00 AM. —¡Sebastián! ¡Es hora! —gritó Isabela al otro lado de la línea.

Él saltó de la cama, con el corazón martilleando. Condujo bajo la lluvia torrencial, llegó al apartamento, la cargó en brazos bajando las escaleras porque el ascensor estaba en mantenimiento, y condujo al hospital como si llevara la carga más preciosa del universo.

En la sala de parto, las horas se hicieron eternas. Isabela gritaba de dolor, apretando la mano de Sebastián hasta dejarle marcas. Él le secaba el sudor, le susurraba que era valiente, que podía hacerlo. No había ni rastro del ejecutivo arrogante. Solo había un hombre asustado y entregado, sirviendo de ancla para la mujer que sufría.