UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

—Sebastián, ¿qué te pasa? Estás pálido —insistió Camila, tocándole el brazo.

Él se puso de pie bruscamente, tirando su servilleta al suelo. —Tengo que ir al baño. Pide tú.

No fue al baño. Sus pasos, rápidos y decididos, lo llevaron hacia las puertas batientes de la cocina. Ignoró al gerente que intentó detenerlo. Entró en el caos de vapores, gritos de cocineros y ruido de vajilla. Sus ojos barrieron el lugar frenéticamente hasta que la encontró.

Estaba en un rincón apartado, cerca de la salida trasera, sentada en una caja de verduras plástica. Tenía la cara escondida entre las manos y sus hombros se sacudían violentamente. Estaba llorando. Un llanto silencioso, ahogado, el llanto de quien no puede permitirse hacer ruido porque necesita el trabajo desesperadamente.

Sebastián se quedó paralizado un segundo, sintiendo cómo su mundo perfecto se desmoronaba ante la visión de esa mujer rota. Dio un paso hacia ella, y el sonido de su zapato de diseño italiano contra el suelo grasiento de la cocina alertó a Isabela. Ella levantó la vista, y en sus ojos verdes, llenos de lágrimas, Sebastián vio un abismo de dolor tan profundo que sintió vértigo.

Lo que iba a descubrir en los próximos minutos no solo destruiría su ego, sino que reescribiría el concepto de quién era él realmente.

—No puedes estar aquí —susurró Isabela, secándose las lágrimas frenéticamente con el dorso de la mano, intentando ponerse de pie con torpeza—. Si el gerente te ve, me va a despedir. Necesito este turno, Sebastián. Por favor, vete. Vuelve a tu vida y déjame en la mía.

La súplica en su voz fue como un puñal. Sebastián se acercó, ignorando la suciedad del lugar, ignorando todo lo que no fuera ella.

—¿El turno? —repitió él, con la voz temblando de incredulidad—. ¡Isabela, por Dios! Te di cincuenta mil dólares hace tres años. ¿Qué hiciste con ellos? ¿Cómo has llegado a esto? ¡Estás a punto de dar a luz y estás cargando bandejas!

Isabela soltó una risa amarga, un sonido seco y carente de humor que heló la sangre de Sebastián. Se apoyó contra la pared, exhausta, dejando caer la fachada.

—¿Cincuenta mil dólares? —replicó ella, mirándolo directamente a los ojos con una intensidad que lo hizo retroceder—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta la vida real, Sebastián? No tu vida de hoteles y chóferes. La vida real. Mi madre enfermó de cáncer dos meses después del divorcio. El seguro no cubría el tratamiento experimental. Gasté hasta el último centavo intentando salvarla.

Sebastián sintió que el aire se le escapaba. No lo sabía. Nunca preguntó. Nunca llamó.

—Murió hace un año —continuó Isabela, con la voz quebrada—. Me quedé sola, sin dinero y con un hueco enorme en el currículum porque pasé cinco años siendo tu “esposa trofeo”. Nadie contrata a una mujer de treinta años sin experiencia reciente para puestos importantes. Terminé limpiando casas, sirviendo mesas… sobreviviendo.

Sebastián miró el vientre abultado, la pregunta inevitable quemándole la lengua.

—¿Y él? —señaló su estómago—. ¿Dónde está el padre? ¿Por qué permite que estés aquí trabajando en estas condiciones? ¿Quién es ese miserable?

La expresión de Isabela cambió. El dolor se transformó en humillación. Bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

—No hay padre, Sebastián.

—¿Cómo que no hay padre? —la ira comenzó a burbujear en él, una ira protectora que no tenía derecho a sentir—. Alguien te hizo esto.

—Se llamaba Diego —confesó ella en un susurro, las lágrimas volviendo a brotar—. Era arquitecto. Pensé que era un buen hombre. Pensé que… que esta vez el destino me estaba compensando por todo lo que sufrí contigo. Cuando quedé embarazada, estaba feliz. Me prometió matrimonio. Me prometió una familia.

Isabela hizo una pausa para tomar aire, como si el recuerdo le doliera físicamente.

—Hasta que su esposa apareció en mi puerta. Estaba casado, Sebastián. Tenía dos hijos en otra ciudad. Yo era la amante y no tenía ni idea. Cuando todo salió a la luz, él no lo dudó. Eligió a su familia, a su dinero, a su reputación. Me bloqueó de todas partes, cambió de número y desapareció. Me dejó sola con este bebé y con deudas que no puedo pagar.

Sebastián sintió náuseas. La historia era un espejo distorsionado de su propia crueldad. Él la había dejado por dinero; este tal Diego la había dejado por cobardía. Dos hombres habían destrozado a esta mujer, y el resultado era verla allí, en una cocina grasienta, con los pies hinchados, temiendo perder un trabajo miserable que apenas le daba para comer.

En ese momento, el gerente irrumpió en la escena, rojo de furia. —¡Suficiente! ¡Señor, le he dicho que no puede estar aquí! Y tú, Isabela, recoge tus cosas. Estás despedida. No puedo tener estos dramas en mi cocina.