El sonido de la pluma estilográfica rasgando el papel fue el único ruido que rompió el silencio sepulcral de aquella oficina de cristal. No hubo gritos, ni platos rotos, ni súplicas desgarradoras. Solo esa firma, fría y precisa, con la que Sebastián Mendoza, el prodigio de las finanzas, el hombre que aparecía en las portadas de todas las revistas de negocios, ponía fin a cinco años de matrimonio.
Isabela estaba sentada frente a él, con las manos entrelazadas sobre su regazo para evitar que temblaran. Sus ojos, antes llenos de una luz vibrante que solía iluminar las mañanas de Sebastián, ahora estaban apagados, rojos de tanto llorar en silencio durante noches interminables. Ella no quería el dinero. Nunca le había importado el imperio que él construía con tanta obsesión. Ella solo quería a su marido. Quería al hombre que, años atrás, le había prometido que construirían una vida juntos, no una empresa.
—Aquí tienes —dijo Sebastián, deslizando el cheque sobre la mesa de caoba pulida sin siquiera mirarla a los ojos—. Cincuenta mil dólares. Es más de lo que estipula el acuerdo prenupcial. Considéralo un gesto de buena voluntad.
La voz de él era metálica, desprovista de cualquier emoción. Para Sebastián, aquello no era el fin de una historia de amor; era el cierre de una transacción que había dejado de ser rentable. En su mente, Isabela se había convertido en un pasivo: demandaba tiempo, atención y afecto, tres recursos que él prefería invertir en la bolsa de valores y en sus expansiones hoteleras.
Isabela tomó el papel, no por codicia, sino porque no tenía fuerzas para discutir. Se puso de pie, alisando su vestido sencillo, y lo miró por última vez.
—Un día, Sebastián —susurró ella con una voz que cargaba más tristeza que rencor—, te darás cuenta de que no puedes abrazar a tu dinero cuando tengas frío por la noche. Espero que, para entonces, no sea demasiado tarde para ti.
Él soltó una risa corta, cínica, mientras volvía su atención a la pantalla de su computadora.
—Cierra la puerta al salir, por favor.
Y así, Isabela salió de su vida. Sebastián se sintió aliviado. Se sentía ligero, libre de las ataduras de la domesticidad. Se convenció a sí mismo de que había ganado. Se dijo que ahora nada se interpondría en su camino hacia la cima absoluta. Y durante los siguientes tres años, pareció tener razón. Su fortuna se triplicó. Sus hoteles ganaron premios internacionales. Se convirtió en el “Soltero de Oro” de la ciudad, un hombre intocable, rodeado de lujos, mujeres hermosas que no hacían preguntas y amigos que reían de todos sus chistes siempre y cuando él pagara la cuenta.
