Jack los rodeó y se quedó sin aliento.
Allí, medio enterrada bajo la nieve, yacía una niña pequeña. No tendría más de seis años. Su abrigo era fino, completamente inadecuado para las gélidas temperaturas.
Pero lo que lo paralizó profundamente fue que ella apretaba con fuerza dos pequeños bultos contra su pecho.
“¡Dios mío, son bebés!”, exclamó, dejándose caer de rodillas en la nieve.
La niña estaba inconsciente, sus labios teñidos de un azul aterrador. Presionó sus dedos temblorosos contra su muñeca. Su pulso era débil… pero seguía ahí.
Los gemelos comenzaron a llorar más fuerte al sentir movimiento.
Sin perder un segundo, Jack se quitó el abrigo y envolvió a los tres niños dentro. Buscó a tientas su teléfono; las manos le temblaban tanto que casi se le cayó.
“Dr. Peterson, sé que es tarde, pero necesito ayuda urgente”, dijo con voz tensa pero firme…
