ancara la piel, lo dijo: una avalancha, cinco años atrás, la montaña traicionera, la advertencia que no fue escuchada, las manos sangrando cavando, el “ya era tarde”.
Sofía no supo qué decir. Entonces le puso la mano en el pecho, sintiendo el latido fuerte. Julián se quebró en silencio, temblando, y por primera vez no fue un gigante de piedra sino un hombre que lloraba sin ruido. Sofía lo sostuvo como se sostiene lo frágil: sin exigir, sin juzgar.
El tercer día amaneció con una calma frágil. El cielo por fin aclaraba. Julián la miró como si la estuviera aprendiendo.
—Hoy el camino podría abrirse —dijo, y esa frase cayó como un veredicto.
Más tarde, cuando salieron al cobertizo por leña, la nieve brillaba bajo un sol tímido. Julián avanzaba abriendo camino. Sofía respiró ese aire puro y por un instante sintió algo parecido a libertad… hasta que vio los ojos amarillos entre los árboles.
Un lobo joven, flaco, hambriento. Observándolos.
Sofía se quedó sin voz. El lobo dio un paso. Julián lo vio y se puso delante de ella.
—Atrás. Despacio —ordenó, grave.
Sofía retrocedió, pero resbaló y cayó en la nieve. El lobo saltó.
Todo se ralentizó: dientes, pelaje gris, el grito que por fin le salió. Julián se lanzó sin pensar, chocó con el animal en el aire y rodaron en una lucha salvaje. Los colmillos buscaron la garganta de Julián.
Sofía, temblando, vio un tronco pesado en el suelo. Lo agarró con ambas manos y corrió. No dudó. No podía perderlo. No después de todo.
Golpeó.
El lobo aulló, aturdido, y huyó cojeando hacia el bosque. Julián se incorporó jadeando, con el brazo desgarrado y la nieve manchada de sangre.
—¿Estás bien? —preguntó él, ignorando su herida, revisándola con manos temblorosas.
—Estoy bien —susurró Sofía—. Pero tú…
Dentro de la cabaña, Sofía limpió la herida con una calma que no sabía que tenía. Vendó el brazo con firmeza. Julián la miró como si acabara de ver una verdad nueva.
—Me salvaste.
—Nos salvamos —corrigió ella.
Esa tarde, con la tormenta ya vencida, llegó el silencio más difícil: el de la despedida. Julián, fiel a su palabra, no pidió. Solo dijo, con una formalidad que dolía:
—Mañana por la mañana el camino estará transitable. Te bajaré a Valle Escondido.
Sofía sintió un nudo en la garganta. ¿Bajar a dónde? ¿A la nada? ¿Al mundo de Armando? Pero más hondo que el miedo, había algo que le ardía: la idea de dejar esa cabaña, ese calor, ese hombre roto que, sin prometerle nada, la había protegido como nadie.
Esa noche, en la mesa, Julián dejó un pequeño sobre.
—Tengo algo de dinero. Para que empieces.
Sofía lo miró y la rabia le explotó, mezclada con humillación.
—No quiero tu dinero —dijo, temblando—. No soy algo que se paga, Julián.
Él se levantó, con el rostro tenso de dolor.
—Lo sé. Por el amor de Dios, lo sé. —La tomó de los brazos—. Solo… no puedo mandarte de vuelta al frío con las manos vacías. La idea de que estés sola me destruye.
Las lágrimas le ganaron a Sofía.
—Entonces no me mandes —susurró—. Pídeme que me quede.
Julián cerró los ojos como si esa frase fuera una tentación y una condena.
—No puedo —dijo, quebrado—. No soy bueno para ti. Esta montaña me arrancó todo.
Sofía apoyó la frente en su pecho.
—Tu miedo no puede ser más grande que tu corazón —susurró—. No soy tu pasado, Julián. Soy tu presente.
Y entonces él cedió, como cede un hombre que ha peleado demasiado contra sí mismo.
—Quédate —murmuró—. Por favor… quédate.
Lo que nació entre ellos esa noche no fue un trato, sino una elección. Una elección torpe, humana, hecha de abrazos largos, de promesas pequeñas y verdaderas: “mañana hacemos café”, “mañana arreglamos la cerca”, “mañana seguimos”.
Pasaron semanas. La nieve se derritió. La cabaña cambió: risas donde antes había silencio, pan recién hecho, huellas de dos pares de botas. Sofía aprendió a vivir con lo simple: leña, agua, comida caliente. Julián aprendió a hablar un poco más, a contar historias de su esposa Silvia y de su niño Mateo sin que el dolor lo tragara entero. Sofía no borró el pasado; lo honró, y en ese gesto, Julián empezó a respirar de nuevo.
Pero el mundo de abajo no olvida.
Cuando bajaron a Valle Escondido por provisiones, el ruido del pueblo golpeó a Sofía como un recuerdo desagradable. Y entonces lo vio: Armando, traje caro, sonrisa fácil, saliendo de una oficina como si la vida le perteneciera. La miró y sus ojos se abrieron con un destello de desprecio disfrazado.
—¡Sofía, mi querida! —exclamó alto, para que todos oyeran—. ¿Dónde te metiste? Estábamos tan preocupados.
Sofía sintió la sangre hervir.
—No te atrevas —dijo, baja y feroz—. Tú me echaste.
Armando ladeó la cabeza, venenoso.
—Ahora mírate… —susurró—. ¿Qué haces? ¿Te fuiste con algún salvaje?
Entonces una mano pesada, cálida, se posó en el hombro de Sofía. Julián apareció a su lado, silencioso, enorme, con una mirada gélida que hizo a Armando dar un paso atrás sin querer. Julián no le gritó. No hizo teatro. Solo existió como un muro.
Armando tragó saliva. Sonrió, pero su sonrisa tembló.
—Esto no se queda así —murmuró, apenas audible.
Y no se quedó.
Semanas después, una patrulla subió la montaña. Dos policías. Un papel en la mano. Una denuncia: que Sofía estaba “retenida” y que Armando era su tutor legal. La palabra “arresto” cayó sobre Julián como una cadena. Sofía sintió que el mundo se partía.
Julián, con la furia en los ojos, quiso resistirse. Sofía lo agarró del brazo.
—No —le suplicó—. Si peleas, le das la razón.
Él respiró hondo, y con una resignación que
