—Julián —respondió, como si ese nombre fuera una puerta que se abre y se cierra rápido—. Julián Mendoza.
Otra pausa.
—No tienes que tener miedo —dijo al fin, mirándola directo—. No voy a lastimarte. Pero tampoco puedo… —buscó las palabras—. No puedo sostener a alguien aquí como si el mundo funcionara con caridad.
Sofía sintió que el corazón se le caía. No tenía dinero. No tenía nada.
—Puedo trabajar —se apresuró—. Cocinar, limpiar, cortar leña… lo que sea.
Julián soltó una risa corta, sin humor.
—Me he cuidado solo por años. No necesito una empleada. —La miró un segundo más, como si peleara con algo dentro de sí—. Necesitas un techo. Yo… necesito compañía. No por capricho. Por… —se interrumpió, y su voz se endureció—. Aquí la soledad se vuelve una bestia.
Sofía tragó saliva. Temió lo que venía. Había oído historias. Y la vida ya le había enseñado que cuando una mujer está sola y desesperada, el mundo suele cobrar caro.
Julián apretó la taza entre sus manos.
—Tres días —dijo por fin—. Te doy refugio, comida, calor y protección hasta que pase la nevada y el camino sea transitable. A cambio, te quedas aquí tres días y me ayudas en lo que haga falta. Leña, agua, comida. Y… —su mirada se suavizó un instante— y por las noches, solo… no desaparezcas. Solo quédate. Que haya otra respiración en la oscuridad.
Sofía se quedó helada por dentro, confundida. Había esperado una indecencia y, sin embargo, lo que escuchaba era otra cosa: un pacto igual de extraño, pero no sucio. Aun así, el miedo no se fue del todo. Nadie firma un acuerdo con un desconocido en medio de la sierra sin sentir que el suelo puede romperse.
—¿Y si… si me arrepiento? —preguntó, la voz baja.
—La puerta no tiene llave por fuera —respondió Julián—. Si quieres irte a morir en la nieve, no te lo impediré. Pero si te quedas… te quedas bajo mi techo, con mis reglas: no salgas con la tormenta, no te acerques al bosque, y no… —bajó la mirada— no revuelvas mis cosas.
Sofía asintió, tragándose el orgullo. No le quedaba otra opción. Y en el fondo, una parte de ella —la que todavía quería vivir— sintió un alivio vergonzoso.
Esa primera noche, Julián le ofreció una camisa limpia de franela y le señaló un baño pequeño. Sofía se miró al espejo, pálida, con ojeras hondas. “Sobrevive”, se dijo. “Solo sobrevive”.
Cuando volvió, Julián ya estaba en la cama, mirando al techo, como si dormir fuera un trabajo más. Sofía se acostó a un lado, rígida, sin tocarlo. El fuego proyectaba sombras en las paredes, y afuera el viento aullaba como un animal herido.
—No tiembles —murmuró él en la oscuridad—. Dije que no voy a lastimarte.
Su mano grande buscó la de ella. No fue un gesto romántico, fue algo más crudo y humano: un hombre que, por primera vez en años, aceptaba no estar solo. Sofía sintió las lágrimas subirle sin permiso. No quería llorar frente a nadie, pero el calor de ese contacto sencillo le desarmó defensas que no sabía que aún tenía.
—Solo quiero sentir que alguien está aquí —susurró Julián—. Nada más.
Esa noche no hubo promesas. Hubo silencio, respiraciones acompasadas, el latido de un corazón cerca de otro. Y Sofía se durmió por primera vez en días sin imaginar su muerte.
Al amanecer, el olor a café y tocino llenó la cabaña. Julián se movía por la cocina con una eficiencia austera. Hablaba poco, pero cada palabra parecía verdadera. No era como Armando, que manipulaba con sonrisas.
Sofía, para no sentirse un estorbo, empezó a ordenar: lavó trastes, barrió el suelo, dobló mantas. En la mesita junto a la cama vio un portarretrato boca abajo. La curiosidad le picó como una aguja. Lo levantó.
Un Julián más joven, sin barba, sonreía junto a una mujer rubia y un bebé envuelto. Familia. Una punzada le atravesó el pecho. “Así que hubo un antes”, pensó, y de pronto el hombre rudo de la sierra se volvió un dolor con forma humana.
La puerta se abrió de golpe. Julián entró cubierto de nieve y leña. Sus ojos fueron directos al portarretrato en la mano de Sofía. La calidez de la mañana se quebró como cristal.
—No toques mis cosas —dijo, bajo y peligroso.
—Lo siento —tartamudeó Sofía, dejando el marco donde estaba—. Solo… se cayó.
—No me mientas. —Se acercó despacio, cada paso pesado—. ¿Querías saber por qué un animal como yo guarda una foto?
Sofía quiso retroceder, pero se obligó a sostenerle la mirada.
—Tuve una vida —escupió Julián, con rabia que era dolor—. Esposa. Hijo. Murieron aquí. Y yo me quedé. Eso es todo. No necesito tu lástima.
La empujó lejos con palabras, no con manos. Pero a Sofía, en vez de miedo, le nació una compasión inmensa, y esa compasión fue más fuerte que su instinto.
—No es lástima —dijo ella, firme—. Es tristeza por ti. Porque nadie merece quedarse enterrado en su propio duelo.
Julián la miró como si hubiera hablado en un idioma desconocido. La furia titubeó un segundo, y luego se escondió de nuevo detrás de la barba y el silencio.
La segunda noche fue distinta: menos delicadeza, más tensión, como si ambos tuvieran que pelear contra los fantasmas. Y en un momento, cuando el dolor de Julián se asomó por una grieta, Sofía le preguntó, con la voz apenas un hilo:
—¿Qué les pasó?
Al principio, él no respondió. Luego, como si hablar le arr
