—Hicieron una familia muy fuerte —susurró—. Gracias por no rendirse conmigo.
Anna apretó la mano de Marco, sintiendo que ese instante justificaba cada lágrima derramada y cada noche sin dormir.

Con el tiempo, buscaron ayuda profesional, no como una derrota, sino como un acto de amor que les permitió seguir siendo pareja sin abandonar a la madre.
Las cenas volvieron a ser tranquilas, las risas regresaron poco a poco, y el hogar dejó de sentirse dividido entre el día y la noche.
Anna dejó de competir con un fantasma que nunca existió, entendiendo que el amor de Marco no se repartía, se multiplicaba en sacrificio.
Marco, en cambio, aprendió que pedir ayuda no lo hacía menos hijo ni menos hombre, sino más humano y más digno de ser amado.
Algunas noches, cuando todo estaba en calma, se abrazaban en silencio, agradeciendo no por la ausencia de problemas, sino por la fortaleza que habían construido juntos.
Anna ya no se preguntaba por qué Marco se levantaba de madrugada, porque ahora sabía que el verdadero amor también camina descalzo en la oscuridad.
Y aunque la enfermedad avanzó lentamente, nunca volvió la soledad, porque aprendieron que el cuidado compartido transforma el cansancio en unión.
Así, su matrimonio dejó de ser perfecto para volverse real, sostenido no por apariencias, sino por decisiones difíciles tomadas con el corazón abierto.
Porque al final, amar no fue elegir entre una madre y una esposa, sino aprender a permanecer juntos cuando la vida exige más de lo que parece justo.
