—¿Anna? —Marco se sobresaltó y trató de cubrir las manchas de su ropa—. ¿Qué haces aquí? Regresa al cuarto… huele mal aquí…
Anna no dijo nada. Se acercó, se arrodilló y abrazó la cintura de su esposo, rompiendo en llanto.
—Perdón… —sollozó—. Perdóname, Marco… pensé mal de ti… y tú estabas cargando con todo solo…
Anna miró a doña Corazón, que ahora la observaba con vergüenza.
—Mamá… —dijo Anna, tomando su mano—. ¿Por qué no me lo dijeron? Usted tiene demencia y síndrome del atardecer, ¿verdad? (una condición que empeora por las noches).
—No queríamos molestarte, hija —respondió la anciana—. Sabemos que trabajas mucho. No quería ser una carga.
—No lo es —dijo Anna con firmeza.
Se levantó, trajo agua caliente y una toalla. Ella misma limpió los restos de suciedad en los brazos de Marco y el rostro de su suegra.
—Marco —dijo mientras lo limpiaba—. Tres años cargando esto solo. A partir de hoy, somos dos. Soy tu esposa. En lo bueno y en lo malo… y eso incluye cuidar a mamá.
—Pero Anna…
—Nada de peros. Nos turnaremos, o buscaremos una enfermera. Pero nunca más vas a hacerlo solo.
Marco la abrazó. Por primera vez en años, sintió descanso. El peso que había llevado durante tanto tiempo se hizo más ligero.
Desde entonces, la condición de doña Corazón dejó de ser un secreto. Trabajaron juntos.
Y Anna entendió que el amor no se mide solo en momentos dulces, sino en la capacidad de acompañarse en las partes más oscuras y difíciles de la vida.
Ya no hubo celos.
Solo respeto… y un amor más profundo por un hombre capaz de sacrificar su descanso y soportar el dolor, con tal de proteger a las mujeres que ama.
Con el paso de las semanas, Anna empezó a notar detalles que antes no veía, pequeñas señales de agotamiento en Marco que ahora le dolían como si siempre hubieran estado ahí.
Las ojeras se suavizaron lentamente cuando comenzaron a turnarse las noches, y por primera vez en años, Marco durmió varias horas seguidas sin despertarse sobresaltado.
Anna aprendió a leer los cambios de doña Corazón, a reconocer cuándo se acercaba el anochecer peligroso y cuándo una caricia o una voz suave podían evitar una crisis mayor.
Hubo noches difíciles, con gritos, llanto y miedo, pero ya no eran silencios solitarios, sino batallas compartidas donde nadie cargaba el dolor en secreto.
Marco observaba a su esposa con una mezcla de amor y culpa, preguntándose cómo había soportado tanto tiempo sin permitirle entrar en esa parte oscura de su vida.
Anna, por su parte, comprendió que el amor verdadero no siempre se anuncia con gestos grandiosos, sino con resistencia diaria, paciencia y una entrega silenciosa que casi nunca se ve.
Un día, mientras limpiaban juntos la habitación, doña Corazón miró a ambos y sonrió con una lucidez inesperada que les partió el corazón.
