Tres años de matrimonio... y cada noche su esposo dormía con su madre. Una noche, ella lo siguió… y descubrió una verdad que la dejó sin aliento.-NANA

Anna y Marco llevaban tres años de casados. Para los demás, parecían una pareja perfecta.

Marco era amable, trabajador y cariñoso. Pero había algo que inquietaba profundamente a Anna: una “extraña” costumbre de su esposo.

Cada noche, alrededor de la medianoche o la una de la mañana, Marco se levantaba con cuidado.

Se soltaba lentamente del abrazo de Anna y salía del cuarto. Caminaba hasta la habitación de su madre, doña Corazón, quien vivía con ellos. Y no regresaba hasta el amanecer.

El primer año, Anna trató de entenderlo.
—Mi mamá tiene insomnio —le decía Marco—. Necesita compañía.

Pero en el segundo año, las dudas comenzaron a crecer.

¿Sería demasiado apegado a su madre? ¿Un “niño de mamá”?

Para el tercer año, Anna estaba consumida por los celos y la desconfianza. Sentía que Marco amaba más a su madre que a ella. Como si hubiera una tercera persona en su matrimonio.

—¿Por qué duermes allá? —lo enfrentó una noche—. ¡Soy tu esposa! Deberías estar conmigo. ¿Qué hacen encerrados ahí toda la noche? ¿Platicando hasta el amanecer?

—Anna, por favor, entiende —respondió Marco, agotado, con profundas ojeras—. Mi mamá está enferma. Me necesita.

—¿Enferma? Yo la veo bien por las mañanas. Come, ve la televisión… ¡Eso suena a excusa porque no quieres dormir conmigo!

Marco no respondió. Bajó la cabeza y salió del cuarto en silencio.

Cegada por la rabia y la sospecha, Anna tomó una decisión: seguirlo. Necesitaba saber la verdad.

Llegó la medianoche.

Como siempre, Marco se levantó despacio. Creyó que Anna dormía, pero ella estaba despierta, observando en la oscuridad.

Él salió del cuarto.


Anna esperó cinco minutos y lo siguió, caminando descalza para no hacer ruido.

Se detuvo frente a la puerta de la habitación de doña Corazón. Estaba entreabierta.

Anna se asomó.

Estaba lista para gritar. Lista para reclamarles a ambos.