El sistema de transmisión fue otra odisea. Sin cadena, la bicicleta era inútil. Lucas intentó usar cuerdas, correas de cuero, incluso trenzas de tela, pero todo se rompía bajo la tensión. Estuvo a punto de tirar la toalla una tarde de lluvia, sentado en el barro junto a su creación incompleta, sintiéndose el ser más estúpido del planeta. “¿Quién te crees que eres?”, se decía a sí mismo. “Eres un niño pobre jugando con basura”.
Pero entonces, vio a su madre cosiendo un pantalón con un hilo grueso y encerado, dando puntadas firmes y seguras. La solución no era la fuerza bruta, sino la fricción y la tensión correcta. Decidió abandonar la idea de la cadena tradicional. Creó un sistema de tracción directa, usando una polea hecha de madera tallada a mano y una correa de distribución vieja y agrietada que un mecánico le regaló por pena. Talló la madera durante días, lijándola con piedras de río hasta que quedó suave, ajustando el mecanismo milímetro a milímetro.
Pasaron tres meses. El invierno llegó y se fue, y la primavera trajo consigo días más largos. La bicicleta, si es que se le podía llamar así, estaba terminada.
Era la cosa más fea y hermosa que jamás se había creado. El cuadro estaba remendado con trozos de metal y madera, atado con cuerdas y alambre. Las ruedas eran deformes, bultos oscuros de caucho reciclado. El asiento era un bloque de espuma amarilla atado con cinta adhesiva. No tenía pintura; tenía los colores del óxido, del polvo, de la madera vieja y del esfuerzo. Parecía una máquina salida de un mundo post-apocalíptico, un superviviente de mil batallas.
La mañana de la prueba final, Lucas se levantó antes del amanecer. El pueblo estaba en silencio, envuelto en una neblina azulada. El corazón le golpeaba contra las costillas como un pájaro atrapado. Sacó la bicicleta del escondite. El chirrido que hizo al rodar sobre la tierra fue fuerte, un lamento metálico que rompió la quietud de la mañana.
La llevó hasta la cima de la colina que dominaba la calle principal. Se quedó allí parado, mirando la pendiente. El miedo lo paralizó por un instante. ¿Y si se rompía en el primer metro? ¿Y si se caía y se lastimaba? ¿Y si todos sus meses de trabajo terminaban en un montón de chatarra en el suelo y la burla eterna de los demás?
Sus manos temblaban sobre el manillar envuelto en trapos. Respiró hondo. El aire frío llenó sus pulmones. Recordó las tardes sentado en la zanja, mirando. Recordó la sensación de ser invisible. Apretó los dientes. Ya no más.
Se montó en el asiento. Era duro e incómodo. La bicicleta se tambaleó bajo su peso, gimiendo. Puso un pie en el pedal de madera.
—Vamos —susurró—. Por favor, vamos.
Se impulsó.
La primera vuelta del pedal fue una agonía. El mecanismo estaba duro, la fricción era inmensa. La bicicleta avanzó apenas unos centímetros, tambaleándose peligrosamente. Lucas tuvo que poner el pie en el suelo para no caer. Una lágrima de rabia asomó a sus ojos. “No, no me hagas esto”, pensó.
Volvió a intentarlo. Esta vez, se puso de pie sobre los pedales, volcando todo su peso, toda su frustración, toda su esperanza en ese movimiento. La rueda trasera giró. La correa de goma mordió la polea de madera. La bicicleta avanzó.
Uno, dos, tres metros.
El movimiento era tosco. Cada vez que la parte irregular de las ruedas tocaba el suelo, la bicicleta daba un pequeño salto, transmitiendo una vibración violenta a los brazos de Lucas. Cloc, cloc, cloc, sonaba contra la tierra. No era el zumbido suave de las bicicletas de los ricos. Era el sonido de la lucha.
Pero estaba avanzando.
Ganó velocidad. La pendiente ayudó. De repente, Lucas sintió que la gravedad cambiaba. Ya no estaba luchando contra el suelo; estaba volando sobre él. El viento, ese viento que había soñado mil veces, le golpeó la cara, apartándole el pelo de la frente. No era una caricia suave; era un golpe de realidad, fresco y vigoroso.
Bajaba por la calle principal. El ruido de su máquina infernal despertó a los perros, que empezaron a ladrar. Algunos vecinos salieron a las puertas, frotándose los ojos. Lo que vieron los dejó mudos.
No vieron a un niño pobre en una bicicleta rota. Vieron a un pequeño guerrero montado en una bestia mecánica imposible. Vieron las ruedas deformes girando, desafiando a la física. Vieron la estructura de alambre y madera aguantando contra todo pronóstico.
Lucas no miraba a nadie. Sus ojos estaban clavados en el horizonte, llenos de lágrimas que el viento empujaba hacia sus orejas. Reía. Una risa que salía de lo más profundo de su vientre, una risa histérica, pura, liberadora. Sentía cada piedra del camino, sentía cómo la estructura crujía bajo él, amenazando con desintegrarse en cualquier momento, pero eso solo hacía que el momento fuera más valioso. Estaba domando el caos.
Llegó al final de la calle, frenó con la suela de su zapatilla contra el suelo y derrapó en una nube de polvo. Se detuvo, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Sus manos estaban agarrotadas por la fuerza con la que sujetaba el manillar.
Se hizo un silencio absoluto en la calle.
Entonces, escuchó el sonido de una bicicleta acercándose. Era el hijo del alcalde, con su bicicleta azul impecable. Se detuvo al lado de Lucas. El chico rico miró la bicicleta de Lucas, recorriendo con la vista los alambres, los trozos de manguera, la madera tallada. Luego miró a Lucas, sucio, sudoroso, pero con una luz en los ojos que brillaba más que cualquier cromo pulido.
Lucas esperó la burla. Esperó el comentario despectivo.
Pero el chico rico simplemente negó con la cabeza, con una expresión de incredulidad absoluta, y dijo:
—Hermano… eso es increíble. ¿Cómo hiciste para que esa cosa se mueva?
En ese momento, Lucas comprendió algo que cambiaría su vida para siempre. Comprendió que el valor de las cosas no reside en su precio, ni en la marca, ni en lo brillantes que son cuando las sacas de la caja. El verdadero valor reside en el alma que pones en ellas. Su bicicleta no era perfecta, nunca lo sería. Era ruidosa, dura y fea. Pero era suya. Cada centímetro de ella tenía una historia de dolor y superación. Cada nudo de alambre era una decisión de no rendirse.
Esa tarde, Lucas no volvió a sentarse en la zanja. Montó su bicicleta hasta que el sol se puso, recorriendo cada rincón del pueblo, saludando a la gente, dejando que el sonido cloc, cloc, cloc de sus ruedas anunciara su paso. Los otros niños, lejos de burlarse, empezaron a seguirlo, fascinados por la ingeniería de la supervivencia. Querían ver cómo funcionaba, querían tocarla. La bicicleta más barata del mundo se había convertido, de repente, en la más valiosa de todas.
Mientras el sol desaparecía, tiñendo el cielo de violeta, Lucas pedaleó hacia su casa. Le dolían las piernas, le ardían las manos, pero su espíritu estaba ligero, flotando. Había aprendido que no importa lo que te falte en la vida; si tienes la imaginación para soñarlo y el coraje para construirlo con tus propias manos, puedes volar, incluso sobre un montón de chatarra. La verdadera pobreza, entendió Lucas, no es tener los bolsillos vacíos, sino tener la mente vacía de sueños. Y él, en ese momento, era el niño más rico del universo.
