Caminaba entre montañas de basura, pateando latas viejas, cuando lo vio. O mejor dicho, vio lo que nadie más hubiera visto. Para cualquier otra persona, era simplemente un amasijo de tubos de metal retorcidos y oxidados, medio enterrados bajo unos neumáticos podridos de camión. Era basura. Chatarra inservible. Pero cuando Lucas se acercó y apartó la tierra con sus manos, su respiración se detuvo.
Ahí, bajo la suciedad de años, yacía el esqueleto de una bicicleta. O lo que quedaba de ella. Le faltaba todo: no tenía ruedas, ni asiento, ni cadena, ni manillar. El cuadro estaba partido en una unión y el óxido había carcomido gran parte de la pintura original. Era un cadáver metálico. Sin embargo, al tocar el metal frío y rugoso, Lucas no sintió asco. Sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral. Sus dedos trazaron la línea del cuadro, y en su mente, la chatarra desapareció. Por un segundo, superpuso su imaginación a la realidad y vio la bicicleta completa, brillante, veloz.
El corazón le empezó a latir con una fuerza que le dolía en el pecho. Miró a su alrededor, como si alguien fuera a reclamar aquel pedazo de basura. Estaba solo. El viento sopló, levantando un remolino de polvo a su alrededor. Lucas sabía que era una locura. Sabía que no tenía herramientas, ni dinero para repuestos, ni conocimientos de mecánica. Sabía que intentar revivir aquello era una tarea titánica, destinada al fracaso. Pero mientras agarraba el metal oxidado y tiraba de él para desenterrarlo por completo, una determinación feroz, casi salvaje, se apoderó de él. No era solo un niño encontrando un juguete roto; era un alma encontrando su propósito. Ese montón de óxido era su única oportunidad, y no la iba a soltar.
Arrastrar aquel cuadro de metal hasta su casa fue la primera batalla de una guerra larga y silenciosa. Pesaba más de lo que parecía, cargado de tierra y desesperanza, pero Lucas lo llevaba como si fuera un trofeo de oro macizo. Lo escondió detrás del cobertizo donde guardaban la leña, cubriéndolo con ramas secas y sacos viejos. Ese sería su taller secreto, su laboratorio, su santuario.
A partir de ese día, la vida de Lucas cambió. Ya no era el niño que miraba pasivamente desde la zanja. Se convirtió en un cazador, un recolector de sombras. Sus ojos, antes llenos de anhelo, ahora escaneaban el mundo con una precisión analítica. Cada objeto que veía dejaba de ser lo que era para convertirse en lo que podía ser.
Una manguera vieja y reseca tirada en un jardín no era basura; podía ser el recubrimiento del manillar. Unas sandalias de goma abandonadas, con las suelas gastadas, no eran desperdicio; eran materia prima para los frenos o los pedales. El mundo se transformó en un inmenso rompecabezas disperso que solo él podía ver.
El verdadero desafío comenzó cuando intentó ensamblar las piezas. No tenía llaves inglesas, ni destornilladores, ni soldador. Sus herramientas eran una piedra grande que usaba como martillo, un cuchillo sin filo que había encontrado y sus propias manos, que pronto se llenaron de cortes, ampollas y manchas de grasa negra que no salían ni con jabón de lejía.
La falta de ruedas era el obstáculo más grande, el muro contra el que parecía que se iba a estrellar su sueño. No podía fabricar neumáticos de la nada. Buscó durante semanas. Revisitó el vertedero cientos de veces, escarbando hasta que sus uñas sangraban. Finalmente, encontró dos llantas de tamaños diferentes, deformadas y sin radios. Cualquiera se habría rendido ahí. Una bicicleta con ruedas de distinto tamaño y sin radios es físicamente imposible de usar. Pero la necesidad es la madre del ingenio, y la desesperación es su padre.
Lucas recordó cómo los ancianos del pueblo tejían cestas con ramas flexibles. Si no tenía radios de metal, usaría lo que tuviera. Encontró alambre de construcción en una obra abandonada, duro y difícil de doblar. Pasó noches enteras, bajo la luz temblorosa de una vela robada, tejiendo una red de alambre a través de las llantas, tensando cada hebra con alicates improvisados, cortándose la piel, llorando de frustración cuando el alambre se partía y tenía que empezar de nuevo. Sus dedos se hincharon, se volvieron torpes por el dolor, pero no paró.
Para las cubiertas, hizo algo que rozaba la locura y la genialidad. Como no tenía cámaras de aire ni caucho nuevo, recolectó decenas de suelas de zapatos viejos y trozos de manguera gruesa. Los fue clavando y atando sobre las llantas de metal, capa tras capa, hasta crear una superficie más o menos redonda. No era suave, no era perfecta, parecía un monstruo lleno de costuras y nudos, pero rodaba.
