—Entendido, señor. No se arrepentirá.
Estela cumplió su palabra. Durante los primeros días, se movió como un fantasma eficiente, dejando cada superficie reluciente. Aurora, la pequeña de rizos castaños y ojos grandes como lunas, permanecía en la pequeña sala de descanso del personal, coloreando en silencio, entendiendo con esa sabiduría precoz de los niños pobres que el silencio era la clave para que mamá pudiera comprar comida.
Pero el destino tiene una forma curiosa de operar, y a veces, las murallas más altas no se derriban con cañones, sino con un susurro. Una tarde, el cielo de Madrid se tornó negro. Una tormenta eléctrica, de esas que hacen temblar los cristales, se desató sobre la ciudad. Los truenos resonaban como explosiones y la luz se fue por un instante en la mansión.
Estela estaba limpiando los baños del segundo piso, lejos, demasiado lejos de la sala de servicio. Su corazón se detuvo al escuchar el estruendo. "Aurora", pensó. Corrió escaleras abajo, pero la sala estaba vacía. El pánico la invadió. Buscó en la cocina, en el vestíbulo, en el jardín trasero. Nada.
Entonces, vio lo impensable. La puerta del despacho principal, el santuario prohibido de Rodrigo Fontes, estaba entreabierta. Y en el suelo, asomaban unos pequeños zapatos rojos.
Todos temían mirar al millonario a los ojos... hasta que la hija de la limpieza entró en su despacho con una galleta y un secreto que lo cambió todo.-nhuy
