—¿Vas a creerle a un niño rebuscando en la basura? Este papel podría haber sido tirado, reemplazado... ¡No importa!
Augusto lo ignoró y se volvió hacia Raby.
—Cuéntame otra vez, despacio, cómo lo encontraste.
Raby sintió un nudo en la garganta, pero habló.
"Estoy recogiendo latas por allá, señor. Siempre voy al mismo sitio. Vi una bolsa rota, con los papeles intactos. Este sobre estaba doblado. Vi el diseño... el logo. Mi madre me enseñó que las cosas con nombre ajeno deben devolverse. No guardarse."
Augusto cerró los ojos unos segundos. Esa simple frase era justo lo que había faltado en esos pasillos durante tanto tiempo.
“Tu madre es una mujer sabia”, murmuró.
A partir de ese momento, el sobre dejó de ser un “problema técnico” para convertirse en un espejo incómodo.
Augusto ordenó a todos que se fueran, excepto a él y a Raby. Cuando la puerta se cerró, el anciano permaneció en silencio un largo rato, como si repasara no solo los papeles, sino también los años que había decidido no ver.
“¿Tienes familia, Raby?” preguntó finalmente.
—Solo mi abuela —respondió Dona Nair—. Mi madre murió hace mucho tiempo. A mi padre... apenas lo recuerdo.
El nombre "Nair" le sonaba al anciano: mujeres que sustentan mundos enteros sin que nadie lo note. Y a su pesar, recordaba otra ausencia en su propio hogar: su hija Elena, cuya vida había dejado que le arrebatara lentamente un marido ambicioso.
Porque sí: Elena, la madre de Raby, había sido su única hija.
Y Caio, que se creía intocable, había sido durante años mucho más que un director: había sido su yerno.
De repente, la traición ya no era solo profesional. Era familiar.
—
Lo que siguió fue una cadena de decisiones que, esa noche, resonaron en toda la empresa como una sacudida.
Augusto llamó a Elena y al viejo contador, el doctor Valerio, uno de los pocos que siempre había tenido el coraje de decir "eso no está bien", aunque en ese momento estaba marginado.
Elena llegó con profundas ojeras, el cabello recogido a toda prisa y el teléfono todavía en la mano como un escudo.
"Papá, ¿qué pasó? Caio me dijo que te llevaron unos papeles viejos..." Se quedó en silencio al ver a Raby. "¿Quién es ese chico?"
“Este chico hizo hoy lo que muchos aquí no han tenido el valor de hacer en años”, respondió Augusto. “Devolvió lo que no era suyo”.
Él puso el sobre en su mano.
—Lea esto como si lo hubiera firmado alguien a quien ama.
Elena empezó a leer. Con cada párrafo, la vergüenza le subía por la garganta. Las escalofriantes frases sobre "ajustes de personal" se convirtieron en rostros familiares, en empleados que habían llorado en el pasillo mientras Caio les explicaba que "era por el bien de la empresa".
Recordó cuántas veces él había usado la frase “tu padre ya no puede con tantos detalles, déjame hacerlo a mí” y cuántas veces, por miedo a arruinar su matrimonio, ella había preferido mirar para otro lado.
Cuando Caio entró en la habitación, aún envuelto en el aroma de quienes se creen intocables, ya no encontró al padrastro cansado que conocía. Encontró a un Augusto diferente: más lento, sin duda, físicamente, pero más firme que nunca.
Delante de Elena, Valerio y Raby, el anciano le dijo lo que nadie se había atrevido a decirle:
Que había tomado decisiones inhumanas escondiéndose tras su firma.
Que había tirado a la basura documentos que probaban esas decisiones.
A partir de ese momento, quedó excluido de toda toma de decisiones mientras una auditoría independiente revisaba todo lo que se había hecho "en nombre del fundador".
Caio intentó justificarse con palabras grandilocuentes: «El mercado no perdona», «Era necesario», «Protegí tu herencia». Pero con cada frase, la mirada de Elena se endurecía un poco más.
Augusto lo resumió todo en una sola frase:
