“Escuché que gritó mi nombre, y ella me dijo que me escondiera y no hiciera ruido”, confesó, con una voz que cortaba el aire.
“Pero ese hombre te conoce”, dijo Amelia. “Dijo que es tu papá.”
Los ojos de Lucas se abrieron. “Mi papá”, repitió temblando. “Soñé anoche que me llamaba y decía que venía por mí.” Amelia sintió un escalofrío y le tomó las manos.
Lucas negó, confundido. “Mamá dijo que mi papá murió, que nadie más me querría.” Esas palabras dolían aunque él no entendiera el crimen detrás de ellas.
Amelia miró la puerta, intentando separar mentira y verdad. “Ella miente a veces”, susurró, y el “¿por qué mentir sobre esto?” quedó flotando como un fantasma.
El sonido de pasos subiendo las escaleras los congeló. “Rápido, acuéstate”, ordenó Amelia. Lucas se metió en la cama, fingiendo dormir, y el picaporte giró lento.
Clare entró con una sonrisa forzada. “Mis amores, ¿qué fue ese llanto?”, preguntó demasiado dulce. Amelia dijo que era una pesadilla, y Clare acarició su cabello con suavidad teatral.
Luego miró a Lucas. “¿Todo bien, cariño?”, preguntó. Él murmuró que sí. Clare sonrió sin ojos y pidió una promesa: no hablar con ese hombre, porque era peligroso.
Amelia sintió el corazón apretado. Dijo que el hombre parecía bueno y que estaba llorando de verdad. Clare le sostuvo la cara con firmeza: “Hay cosas que no entiendes.”
Su mirada brillaba, no de emoción, sino de miedo. “Ahora duerman. Mañana será un nuevo día”, dijo, y se fue, cerrando la puerta con un clic que dejó el aire sin oxígeno.
Amelia miró a Lucas en la sombra. “¿Le crees?”, preguntó él. Amelia dudó: “Nos salvó, pero también nos escondió. No sé qué está bien.”
Luego tocó su pecho. “Creo que miente, Lucas. Lo siento aquí.” Era intuición pura, infantil, más fuerte que mil pruebas. Por primera vez, Amelia no reconoció a su madre.
La noche cayó pesada. Sirenas lejanas se mezclaron con el llanto contenido de los dos niños. Amelia no durmió; miró a Lucas y se preguntó por qué alguien escondería a un niño así.
Afuera, el viento golpeaba la ventana rota. “Voy a descubrirlo, aunque lo pierda todo”, se prometió.
Los días siguientes se arrastraron como pesadilla. Amelia ya no veía igual a su madre: cada sonrisa parecía falsa, cada caricia calculada, cada mirada a la ventana demasiado tensa.
Escuchó llamadas susurradas, papeles ocultos, pasos nocturnos abriendo y cerrando cajones como si Clare escondiera algo que no podía salir a la luz. Lucas también lo sentía.
“¿Por qué siempre tiene miedo?”, preguntó una noche. “Porque cuando mientes, el miedo nunca duerme”, respondió Amelia, con una sabiduría que no sabía de dónde venía.
Una mañana, Clare salió apurada con bolso al hombro. “Voy a la tienda. Estén tranquilos y no toquen nada”, dijo, cerrando la puerta con un candado que sonó como señal.
El clic fue lo que Amelia esperaba. “Está escondiendo algo”, susurró. Lucas intentó detenerla: “Se va a enojar contigo.” Amelia respiró hondo: “No soporto vivir con mentiras.”

Empezó a buscar: armarios, alfombras, rincones. El cuarto de su madre olía a perfume, humedad y culpa. Las cortinas bloqueaban la luz, dejando todo gris y opresivo.
En una esquina, una tabla del piso estaba suelta. Amelia se arrodilló, metió los dedos en la ranura y la levantó con cuidado, revelando un hueco oscuro lleno de polvo.
Dentro había un cuaderno viejo de tapa rota, envuelto en un pañuelo descolorido. Lo sacó como si fuera sagrado y prohibido a la vez, y Lucas se acercó con ojos abiertos.
Al abrirlo, un frío le recorrió el cuerpo. Había notas con nombres, fechas, cifras, garabatos nerviosos, como escritos con prisa. “¿Por qué escondería esto?”, murmuró Amelia.
Pasó páginas sin entender, hasta que un nombre la clavó: Lucas H. Su corazón se detuvo un segundo. Miró al niño y luego el papel, con la voz hecha temblor.
“Mira… tu nombre está aquí.” Lucas se acercó, pálido. “¿Mi nombre? ¿Por qué?” Amelia negó, sintiendo que el aire se volvía más pesado, como si ese cuaderno respirara oscuridad.
“Hay algo mal, Lucas. Lo siento”, susurró. Luego cerró el cuaderno con fuerza: “Tenemos que encontrar a ese hombre. Él sabrá qué significa esto.”![]()
Con manos temblorosas, arrancó una página y copió lo que pudo: el nombre, fechas cercanas, detalles. El lápiz raspando sonó como trueno en la casa silenciosa.
“Si vuelve y te encuentra, se va a enfurecer”, dijo Lucas. Amelia lo cortó: “Peor es quedarnos quietos.” Volvió a esconder el cuaderno y puso la tabla en su lugar.
Abrió la puerta y el sol de la tarde la cegó. El viento caliente le secó lágrimas. Tomó la mano de Lucas y dijo: “Voy a encontrarlo, aunque me pierda para siempre.”
Cuando el sol empezaba a caer, Amelia corrió sin mirar atrás. La hoja doblada en su bolsillo le raspaba la piel como si tuviera vida, latiendo al ritmo de su miedo.
