—Es público ahora —dije.
Lo miré directamente a los ojos.
—Nos dejaste en una tormenta. Elegiste el dinero antes que a tu hijo. Y por esa elección, lo perdiste todo.
La novia se giró hacia él, la voz afilada y acusatoria.
—Me dijiste que ella mentía. Dijiste que estaba inestable.
Yo sostuve su mirada, firme, honesta, sin pestañear.
—Le rogué que se quedara —dije en voz baja—. Él cerró la puerta.
Ella dio un paso atrás. Y luego otro.
El oficiante se aclaró la garganta, con la voz temblorosa.
—Yo… no puedo continuar.
Mi exesposo se hundió en una silla, con la cabeza entre las manos, la incredulidad marcada en cada línea de su cara.
Parte 3: Un nuevo comienzo
No me quedé a ver el desastre.
Me di la vuelta, el peso de mi hijo anclándome, y caminé de regreso por el pasillo con la misma calma medida. Los invitados se apartaron en silencio, sin saber si debían hablar, sin saber si alguna vez habían visto una escena así. Nadie me detuvo.
Afuera, el aire de invierno era nítido, limpio y sereno. Esta vez no había tormenta. No había caos. Solo una promesa silenciosa de claridad y seguridad.
Aseguré a mi hijo en su sillita del coche y me senté al volante un largo momento, inhalando con fuerza, con un temblor que por fin no era de frío.
Seis semanas antes, yo estaba en la nieve sin nada.
