SE BURLARON DE SU COLOR DE PIEL Y QUISIERON ROBARLE EN EL PARQUE, SIN SABER QUE ELLA ERA DE LA ÉLITE DE LA MARINA Y ESCONDÍA UN SECRETO LETAL

Durante esas semanas, me desconecté del mundo. Apagué el celular. No leí periódicos. Necesitaba purgar la toxicidad de la Ciudad de México, el ruido de las sirenas, el olor a pólvora y miedo. Necesitaba recordar quién era Mariana Bravo cuando no era “La Jefa”.

Pero el silencio, por muy sanador que sea, tiene fecha de caducidad para alguien como yo.

Una tarde, encendí el teléfono. Cientos de notificaciones entraron de golpe, haciendo vibrar el aparato como si tuviera vida propia. Mensajes de Reyes, de Sara, de desconocidos en redes sociales que me llamaban “heroína” o “vengadora”.

Abrí el último mensaje de Sara. Era un enlace a una transmisión en vivo. “Tienes que ver esto. Parque Lincoln, ahora mismo.”

Hice clic. La pantalla mostró el parque donde todo había comenzado. Pero ya no se veía como aquel día. Había gente. Mucha gente. No eran solo los residentes habituales de Polanco. Había familias que habían viajado desde otras colonias. Había vendedores de globos. Había un grupo de danza folclórica practicando en el mismo claro donde El Tanque había intentado romperme la cara.

Y en el centro, donde estaba “mi” banca, alguien había pegado un cartel casero. Decía: “AQUÍ NADIE SOBRA. ESTE PARQUE ES DE TODOS”.

Sentí un nudo en la garganta. No había peleado por fama. No había peleado por reconocimiento. Había peleado por ese simple derecho a existir en un espacio público sin miedo. Y al parecer, la gente lo había entendido.

—¿Te vas? —preguntó mi madre, apareciendo en la puerta. Había visto mi cara. —Tengo que cerrar el ciclo, ma. Ella asintió, secándose las manos en el delantal. —Vete. Pero recuerda que aquí siempre tienes trinchera. Y no te metas en más líos, Mariana. —No prometo nada, jefa.

CIUDAD DE MÉXICO – UNA SEMANA DESPUÉS

El Reclusorio Norte olía igual que siempre: a desesperanza y cloro. Entré en el área de locutorios. Esta vez no necesité trucos ni amenazas. El Comandante Reyes me había conseguido un pase oficial.

Del otro lado del cristal blindado, Gary “El Tanque” Walker se veía diferente. Había perdido peso. Ya no tenía esa masa muscular inflada por esteroides y ego. Sus tatuajes parecían desteñidos bajo la luz fluorescente. Llevaba el uniforme beige, y tenía una cicatriz reciente en la mejilla.

Tomó el teléfono. —Pensé que te habías olvidado de tu “mejor amigo” —dijo, con una mueca que intentaba ser una sonrisa. —Cumplí mi palabra, Gary. Reyes me dijo que te movieron al área de protección. Nadie de Hinojosa te puede tocar ahí.

—Sí, bueno… la comida es una mierda, pero al menos no tengo que dormir con un ojo abierto —hizo una pausa—. Escuché que Hinojosa está pasándola mal. Le negaron el amparo federal. Y dicen que en su módulo… bueno, digamos que los otros reos no son muy fans de los tipos que abusan de la gente pobre. Le están cobrando “renta” por respirar.

La justicia poética existe, pensé. El extorsionador estaba siendo extorsionado. —¿Vale la pena? —preguntó El Tanque de repente, mirándome a los ojos—. Tú sigues afuera. Yo estoy aquí. Hinojosa está aquí. Pero mañana saldrá otro Hinojosa. Y otro Tanque.

—Tal vez —dije—. Pero el próximo Hinojosa se lo pensará dos veces antes de meterse con alguien en un parque. Y el próximo Tanque sabrá que la lealtad de los patrones tiene fecha de caducidad.

El Tanque asintió lentamente. —Gracias por no dejar que me mataran, Jefa. —No me des las gracias. Paga tu deuda. Cumple tu sentencia. Y cuando salgas… no busques otro patrón. Búscate una vida.

Colgué el teléfono. Al salir, me encontré con Reyes en el estacionamiento. Se veía más relajado, incluso más joven. —¿Cerrando capítulos? —preguntó. —Algo así. ¿Cómo va el caso? —Firme. La Fiscalía General aseguró todas las propiedades de Desarrollos Hinojosa. Van a demoler las obras ilegales. Y los terrenos que robaron… se está creando un fideicomiso para devolverlos a los dueños originales o pagarles lo justo.

Eso era más de lo que esperaba. En un país donde la impunidad es la norma, esto era un milagro. —¿Y tú? —le pregunté—. ¿Te ascendieron? —Me ofrecieron un puesto en la Federal. Dije que no. Mi lugar está aquí, en la calle. Alguien tiene que cuidar que no salgan más cucarachas. ¿Y tú, Mariana? La Marina te quiere de vuelta. Me llamaron preguntando por ti. Dicen que tienes “talento desperdiciado”.

Miré hacia el horizonte de la ciudad, donde el sol se ponía detrás de los volcanes, tiñendo el esmog de dorado. —Ya cumplí mi tiempo de servicio, Reyes. No necesito un uniforme para hacer lo correcto. —Entonces, ¿qué harás? —Vivir —dije, subiéndome a mi vieja camioneta—. Y tal vez… ir al parque.

Llegué al Parque Lincoln al atardecer. Estacioné lejos y caminé. No llevaba mi chamarra de piel, hacía demasiado calor. Iba con una playera blanca y jeans limpios. El lugar estaba vibrante. Caminé hacia “mi” banca. Estaba ocupada. Una pareja joven estaba sentada ahí, comiendo helado. Se reían, despreocupados, sin mirar a su alrededor buscando amenazas.

Me quedé parada un momento, observándolos. Podría haber sentido molestia por no tener mi lugar. Pero sentí lo contrario. Sentí paz.

Esa banca ya no necesitaba ser vigilada. Ese espacio había sido recuperado.

Seguí caminando hacia el estanque. Me crucé con un grupo de policías en bicicleta. Uno de ellos, un chico joven, me miró y sus ojos se abrieron un poco, reconociéndome quizás de las noticias o de la leyenda urbana que ya circulaba. Me saludó con un leve asentimiento de cabeza, lleno de respeto. Le devolví el gesto.

Me senté en el pasto, bajo el viejo roble donde El Tanque había fumado su cigarro aquel día. Saqué mi celular. Tenía un mensaje de Sara. “¿Estás lista para la siguiente historia? Tengo un dato sobre una red de trata en la Merced. Necesito a alguien que sepa moverse en las sombras.”

Sonreí. Miré mis manos. Las manos que habían golpeado, que habían roto huesos, pero que también habían protegido a mi familia y devuelto la dignidad a un barrio. Aún temblaban un poco, un recordatorio de que no soy de piedra. Soy humana. Tengo miedo. Tengo cicatrices.

Pero mientras haya gente como Hinojosa creyendo que son dueños del mundo, y gente como El Tanque dispuesta a hacer el trabajo sucio… alguien tiene que estar del otro lado.

Escribí mi respuesta a Sara: “Mándame la ubicación. Llevo el café.”

Guardé el teléfono y cerré los ojos, disfrutando, por fin, de un momento de silencio real en medio del caos de mi ciudad. Soy Mariana Bravo. Y esta es mi guardia.

FIN